Manuel Muñoz. Azogue de lo huido

Manuel Muñoz. Azogue de lo huido

Manuel Muñoz. Azogue de lo huido. Exposiciones Museo Gustavo de Maeztu

Manuel Muñoz. Azogue de lo huido. Exposiciones Museo Gustavo de Maeztu

En la secuencia final de “La dama de Shangai”, obra maestra de Orson Welles, asistimos a un juego de espejos pocas veces recreado en el cine con esa extrema precisión. Dos personajes se buscan a través de un mundo distorsionado, creado por una profusión de espejos, que van dando paso a otra realidad a medida que son destruidos por los disparos. Verdad y mentira se unen en una tenue frontera. El que primero tenga la percepción exacta de la autentica “realidad” ganará; el premio es sobrevivir y al mismo tiempo la destrucción del contrario. Aunque en el mundo de la creación en general y en el cine en particular, los espejos se han utilizado a menudo, pocas veces se ha llegado a la perfección del gran Orson Welles en esta obra inspirada en una novela con titulo prometedor: “Si muero antes de despertar”. Existe un discurso en este film, hoy reconocido entre los clásicos, que nos acerca a la reflexión eterna sobre lo autentico y lo falso, las apariencias, la necesidad de descubrir una parcela de realidad en un laberinto de falsedad. Y todo queda resumido en ese instante de un enfrentamiento, donde el odio y la necesidad de supervivencia dejan al descubierto la fragilidad de la condición humana. Se quiebra el espejo y todo se derrumba, no existe mas verdad que la muerte, el resto es mera apariencia.

Manolo Muñoz, fotógrafo de talento, y en general artista sensible ha querido entrar en el difícil y atractivo mundo de los espejos, (acaso de los espejismos). Su cámara juega con una doble posibilidad: lo que se refleja y lo que intuimos está detrás y no tiene cabida en un marco siempre limitado. Existe un mundo duplicado por la magia de esa superficie, capaz de captar la realidad que se le enfrenta. No falta ningún detalle y si se produjera el menor movimiento, también quedaría captado hasta el más mínimo detalle. ¿ Estamos entonces ante un objeto de gran precisión, transmisor de toda la información que necesitamos para comprender mejor este mundo? Probablemente no. Esa capacidad de reflejar se circunscribe a unas medidas y unos ángulos determinados por leyes físicas, donde las matemáticas tienen un gran protagonismo y la poesía poco lugar. ¿Entonces, porque nos fascinan tanto los espejos y se convierten a veces en nuestros testigos más cercanos, con fuerza suficiente para arrancarnos confesiones que no pronunciaríamos en otros lugares? Quizás la explicación está en el rasgo de perversidad que tienen, por poco que nos paremos a reflexionar. Si miramos la imagen reflejada, nos damos cuenta que el universo se ha duplicado y que no existe ninguna razón para que detrás de la superficie que refleja el mundo conocido con esa perfección esté también el latido de la vida. Quien nos puede garantizar que, detrás de esos muros vetustos, no viven personas. Quien puede negar que detrás de esa puerta entreabierta, no va a aparecer una mano empujándola para salir a la calle. ¿Cuál de las dos caras de la superficie es mas real, cual puede sobrevivir sin la otra? No nos precipitemos en contestar. Pensemos por un momento lo que sería nuestro mundo si todos los espejos desaparecieran de golpe. ¿Seguiría siendo el mismo?

Todas estas reflexiones y muchas mas están en las fotografías de Manolo Muñoz. Partiendo de objetos marcados por el paso del tiempo, incluso por el deterioro de la historia, es una disertación sobre la esencia mas profunda de la vida: el sueño y la realidad. Esos espejos nos traen algo de un pasado ya desaparecido. Por ellos se han paseado personajes ilustres y anónimos, gestos, miradas, un vaivén infinito de objetos y sobre todo seres vivos. Algo ha quedado impreso en la parte oscura de esa cámara incapaz de revelar sus secretos. Por eso quizás existe una intención por parte del artista, intentando extractar de esos objetos pertenecientes a otra época, unos misterios que se ocultan al entendimiento humano. Dura batalla del ángulo de visión, del sentimiento, de la emoción sentida al percibir un rayo extraño que nos indica la posibilidad de algo que fue y nunca volverá.

Abramos un sendero a través del espejo para vivir otra realidad, para comprobar como lo que está detrás es diferente y al mismo tiempo igual. En esta exposición que llevará hasta la Galería Almirante y al Museo Gustavo de Maeztu, con la colaboración de la Fundación Provincial de Artes Plásticas “Rafael Botí”, las últimas obras de Manolo Muñoz, existe una clara intención de establecer un dialogo fructífero con el espectador. Cada espejo es una llamada de atención, que nos lleva por ese laberinto de la mente donde podemos vivir en mundos distintos, épocas distintas, conocer a otros seres y todo ello sin movernos del reducido espacio de una sala de exposiciones; donde se cruzan todas las entradas secretas y salidas ocultas de un mundo misterioso y vivo. Por él pasean fantasmas eternos, que nos aportan el soplo de una vida solo sospechada. Esperemos que nunca se destruyan los espejos ya que detrás de esa posibilidad solo existe el vacío, un caos incontenible y sobre todo la negación de la vida.

Serafín Pedraza Pascual

Diputado – Delegado de Cultura y

Vicepresidente de la Fundación Provincial

de Artes Plásticas Rafael Botí

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