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Fracasada esta aventura, Gustavo y José Arrúe decidieron cambiar de aires, trasladándose en primavera, a la ciudad del Betis, a Sevilla, prolongando su estancia hasta el mes de junio. Aquí, junto con el pintor sudamericano Pablo Arriarán, se instalaron en el barrio con más solera de la ciudad, el de Triana, en la calle del Betis, frente a la Torre del Oro, junto al río Guadalquivir.
Tal y como nos cuenta Juan de la Encina, Sevilla deslumbra a Gustavo: "Al poner las plantas en las calles de Sevilla, asegura él con formidable seriedad, tuvo una revelación de su pasado ancestral, -¡Qué hermoso es esto! -vociferaba en incomparable arranque lírico anteponiendo una profunda interjección que no ponemos aquí. ¡Y pensar que existía tal oasis en el mundo, y que yo, Gustavo de Maeztu apenas si lo sabía! Mi mayor honra sería me nombraran hijo adoptivo de Triana y luego, poseído ya del furor dionisiaco: "No, no; yo nada tengo que ver por la sangre con ingleses -¡Qué horror! -ni con vascos: soy un pura sangre sevillano". |