MARIANO FORTUNY, COLOR EN LA ESPAÑA DEL XIX.

La pintura española viene pintada en ocres con destellos de luz siempre contenidos. Nuestros pintores siempre parecen haber mirado hacia Velázquez, Zurbarán, Ribera, Goya, y en ese ejercicio de recuperar la memoria iconográfica que nos defina, parece que todos han sufrido la dialéctica un tanto sobrecogedora, de elegir entre el color, la luz y la plenitud hedonista, y ese sobrio manto de grisallas que daban contención a la pintura y profundidad a los mensajes.

El Siglo XVIII discurre entre la defensa del academicismo, su implantación, la firmeza plástica de Mengs y la gran pintura de Goya. Este aragonés genial con su contundencia habitual, nos fijaré el camino de la pintura posterior, y con la gran diversidad de maneras y calidades propia de una manifestación artística como la pintura, surgirán obras de gran calado que oscilan como un péndulo acompasado y pertinaz, entre la visión oscura y triste de esa España dura, que se maltrata a si misma y a sus hijos (Zuloaga, Solana o Saura), hasta esa otra mirada más contemporizadora que no quiere dejar de exaltar la vitalidad y optimismo de un país cargado de sensualidad (Sorolla, Anglada Camarasa…).

En esa dualidad se instala la obra de Mariano Fortuny, grande y valiente en su pintura, cosmopolita y aristócrata en sus maneras, efímero en su vida. (1838-1874).

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