A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “CINCO CLAVES DE LA PINTURA NAVARRA”: FLORENCIO ALONSO.

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (IV) CAMINO PAREDES

Florencio Alonso, situarse en la periferia

- Camino Paredes, experta en arte, ex directora general de Cultura y ex directora del Museo de Navarra, sigue indagando en la obra y las circunstancias de los pintores navarros más relevantes. En esta ocasión, habla del estellés Florencio Alonso Sevilla

Viernes, 27 de febrero de 2009 – 04:00 h.

LA distancia física y espiritual en ocasiones permite tener una visión mucho más próxima y certera de las cosas que el deambular chirriante entre ese centro activo y mordaz que es la competición de la vida.

Florencio Alonso ha preferido seguir alejado, sin esconderse, apartado sin dejar de participar, en un movimiento lento pero nunca pasivo, viviendo la belleza apacible de su ciudad, Estella, anclada en la grata nostalgia de sus bellos monumentos, reposada en el suave sonido del agua que fluye y la atraviesa, como las líneas que se curvan en las pinturas de este recoleto artista.

Alonso tiene su estudio en un punto de inflexión de otra sinuosa línea, el Camino de Santiago. Desde él, observa el eterno transitar de los peregrinos, siempre distintos en un fluir reiterado y con el mismo rostro, pasado y presente, en un choque de energías que impulsan sus ganas de crear algo novedoso desde la sombra de las piedras de la vieja historia. Su estudio, blanco, nítido, acoge los trabajos realizados de pequeño formato, todos vueltos hacia la pared, en un gesto de pudor y timidez que acompañan a Florencio incluso en sus paseos solitarios por Los Llanos. Soledad necesaria, buscada, propiciada por la defensa de su recoleto patio presidido por un peral, atrincherado y defendido por los muros imponentes del Convento de Santo Domingo y los vestigios de los Castillos. “Sé que no es necesario alejarse para observar los acontecimientos más complejos, o lo que es lo mismo, los más sencillos. En este sentido, el lugar del hábitat en sí mismo no me parece determinante, pero sí la forma de observarlo”.

Reflexión estética

Soledad sobre la que se asienta su intensa reflexión estética, su observación y su amor a la pintura, que “siempre ha sido sinónimo de interrogación, se trata del instrumento perfecto para construir preguntas; pero de la misma forma, pienso en la idea de la belleza: ésta se mueve en un parámetro inestable, a capricho entre lo familiar y desconocido; lo luminoso y lo tenebroso, estableciendo el mecanismo del juego para la intervención en la obra. La pintura es una forma de identidad e indagación, y me preocupa la evocación de la invisibilidad a la que tan a menudo recurro cuando hablo de mi trabajo. La invisibilidad está implícita en toda la pintura, desde la prehistoria a nuestros días: pintar para visualizar la otra cara de las cosas, lo que no se ve a simple vista y está ahí.El resultado puede ser estéticamente bello o incluso feo o desagradable, pero lo substancial está en la propia interrogación, en el énfasis que se deja insinuar”.

Florencio Alonso compatibiliza este trabajo de reflexión y creación estética con las clases de pintura que imparte desde hace años en las aulas promovidas por el Ayuntamiento de la ciudad. Este contacto diario, cercano y dialogante con los alumnos abre surcos en su introspección, impidiendo el distanciamiento total, convirtiéndolo sólo en aparente. Esta tensión preside su trabajo. “La necesidad de alejamiento a la hora de trabajar es una constante en mi obra y se nota en cada etapa que he abierto”. El alejamiento creativo se complementa con el contacto episódico, la ligazón con la Galería de Moisés Pérez de Albéniz, sus presencias en ARCO, en colecciones como las de la Caixa, la Digital & Video Art Fair, DIVA, y en abundantes muestras colectivas e individuales, las más recientes en el Museo de Navarra, la Galería Pérez de Albéniz o el Museo Gustavo de Maeztu, dan testimonio de su vocación participativa y de su diálogo continuo con el mercado.

La pintura de Florencio Alonso es laberíntica, escueta, simplificada al máximo, tecnológica. “Siempre parto de un concepto que me sirve de vehículo para ponerme en marcha hacia el proceso de la obra, aunque con ello no descarte la necesidad de crear una zona de riesgo, de caída si es necesario, como si de un juguete peligroso se tratara”. Y se le nota que la sensación de riesgo, incluso el vértigo de la incertidumbre, el temor a que se le descubra antes de tiempo, le llevan a guardar celosamente las últimas producciones. Están escondida+s, imposibles de contemplar mientras los tanteos no sean seguridades. Por ello, no puedo tener acceso al trabajo actual, Florencio Alonso está en plana exploración y teme que la luz de la visión de los demás malogre el impulso que le mueve. No es inseguridad, es dignidad. Queda respetada, pronto conoceremos el resultado de esta dura lucha por dar pasos adelante.


Desde la pintura

Conozco su trabajo y lo he seguido de cerca desde hace más de dos décadas. Sus impulsos han sido firmes, contundentes, se ha ido despojando ascéticamente, buscando una transparencia musical, las conexiones de identidad con otras disciplinas son evidentes. “La pintura me ha llevado de la mano hacia la música, la poesía, la filosofía, como un eslabón de una misma cadena, arrastrándome como si fuesen compañeras inseparables en el viaje: Bach es algo sobrenatural caído sobre el planeta, el minimalismo en el XVII; empecé a sentirme acompañado al descubrir a Schopenhauer, al ver caer de un árbol una semilla en forma de hélice; la erudición de Nietzsche, como filósofo y no menos despreciable como novelista o ensayista”. Esta limpieza, el deseo de llegar a una esencia depurada y casi mística, ya se advertía en un trabajo muy espiritual que realizó sobre Los Crismones, una serie de piezas con técnicas diferentes, que dejaban ver la lisura de su intención.

Mas tarde, y en un peregrinar hacia el reduccionismo, fueron llegando sus trabajos postminimalistas, en los que el color brillante, la concentración de las formas, la amplitud de los espacios vacíos, la esencialidad, presidían el horizonte de las composiciones, todas de belleza enjaulada. Como dijo Rosa Martínez de Lahidalga, “trabaja con composiciones sencillas y repetitivas, pero que ha insistido mucho sobre el distanciamiento, sobre la sensación de intemporalidad y de superficie helada que le proporciona el uso de materiales sintéticos como las láminas de metacrilato o los colores metalizados. Combina ese esencialismo y esa frialdad por momentos casi industrial de la ejecución a base de emulsiones metalizadas, con un universo de formas de procedencia orgánica, biomórfica”.

En sus últimas exposiciones, hemos llegado a un artista cuya abstracción se depura, se retuerce y se limpia, recupera la intensidad de la pintura, aunque en su base siempre está el juego de la tecnología, alcanzando en todos sus formatos, el vacío, el laberinto que se corta, que nace y se trunca en los bordes de la superficie que los acoge. Florencio se cuelga como lo hace Leger, en un conglomerado de formas interrumpidas, pero aquí no hay vida, no hay latido, solo atmósfera y silencio, “la curiosidad de niño, al observar la desnudez de las estructuras de edificios en construcción; un ámbito de provisionalidad, desolado, sin paredes ni suelo y escaleras perdiéndose en el vacío”. Juan Manuel Bonet,que estima su trabajo, al incluirlo en la exposición Silencios, 22 Pintores Navarros, dice que Alonso no rehuye la tentación de lo fragmentario. Yo diría que Alonso, desde su distanciamiento, se enfrenta con valentía al riesgo, a la ironía de crear un artificio como es la obra artística, desde la máxima simplificación, o lo que es lo mismo, queriendo prescindir de lo prescindible. Tarea quimérica que tal vez logre alcanzar.

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “CINCO CLAVES DE LA PINTURA NAVARRA”: JOSÉ IGNACIO AGORRETA.

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (VIII) CAMINO PAREDES
Agorreta, la reivindicación del silencio
- Camino Paredes, ex directora general de Cultura y experta en arte, retoma la serie de reportajes en los que se adentra en el trabajo diario de los mejores pintores navarros. En esta ocasión indaga en la obra de José Ignacio Agorreta (Pamplona, 1963)
Lunes, 28 de septiembre de 2009 – 04:00 h.
EN ocasiones, hay ausencias que acentúan sin pretenderlo todo aquello que la intención subraya. No obstante, de las ausencias se obtiene fortaleza y por qué no, confirmación y contundencia. Agorreta es un pintor de silencios, de ausencias, de renuncias y de empeño.
Sorprende en él su locuacidad y la parquedad que emana de cada pieza pictórica por él concebida. Contrasta el estatismo inmutable en el que se ven atrapados los elementos constructivos que protagonizan sus producciones y el movimiento vitalista que impone. tanto a sus ritmos de conversación como a su mirada en continua tensión observadora, conmueve la desconcertante atmosfera atemporal en la que se ven atrapados sus motivos, apenas visionados, apenas fortalecidos en una agónica pérdida de reminiscencia actual, colisionando con la historia de su determinación, de su gran voluntad pictórica. Ésta le ha acompañado siempre: “Desde niño encontré en el dibujo y los colores una satisfacción que ninguna otra actividad me proporcionaba. Siempre ha seguido siendo así, en ninguna etapa de mi vida me he alejado de los pinceles y guardo en mi memoria la imagen de muchos de los cuadros infantiles, por lo que ahora deduzco con qué pasión tuve que entregarme a ellos, para que tantísimos años después cierre los ojos y los vea perfectamente. Por todo esto mi relación con la pintura ha sido natural, no ha sido una actividad a la que me haya acercado con curiosidad, ni ha sido una actividad intelectual que haya satisfecho. No. Siempre ha estado ahí, no hay una vida anterior a empezar a dibujar”.
Completa dedicación
Tal vez por eso, la dedicación de José Ignacio al arte ha sido y es plena, completa. Instalado en su estudio de Barañain, con la minuciosidad del alquimista da forma a lo que sus recónditos planteamientos le sugieren, haciendo ciertas estas aseveraciones de Félix de Azúa que a él tanto le identifican, su mirada: “No puede ver lo universal, sólo lo particular; es ciego para lo que de general pueda haber en lo particular, porque de lo particular sólo ve lo singular. Pero incluso de lo singular ha de verlo desde una individualidad única, original e irrepetible”.
De ahí que en su estudio sólo encontramos un espacio de esencialidades, limpieza, orden, luz, claridad, recogimiento, siendo un lugar que aísla, que recoge, introspectivo. Nada del exterior parece penetrar cuando cierra la puerta salvo la luz intensa que se filtra imperiosa por el lucernario superior. Su estudio es un lugar para la concentración y el trabajo en soledad.
En ese aparente aislamiento, Agorreta ha ido construyendo una gama de trabajos en los que los ojos ven lo que están habituados a ver. La mirada interior, aquella que percibe lo que imagina ver. ¿Qué es real, qué soñado, qué rememorado? Agorreta nos da enigmas, nosotros debemos descifrarlos o simplemente persuadirnos de que la pintura es una ventana abierta al mar interior que nos recrea el alma.
Agorreta ha evolucionado con cierta rapidez, de sus primeras obras expresivas como fogonazos rasgados y musicales a las obras actuales, minuciosamente concebidas, exigentemente elaboradas, que dejan entrever la intensidad por ser ligeramente enigmáticas hay una distancia radical. Contemplar sus trabajos con detenimiento no nos detrae de sentir el aire dramático que susurran en la levedad pretendida de su técnica de superposición que, añade y elimina en un meticuloso proceso aparentemente imperceptible. En ellas, el abandono, la soledad, la nostalgia, lo deshabitado, todo lo distraído de la aparente realidad, perfilan el boceto de un ritual permanente y estancado, alguna vez, sometido al albur de ser invariable en su estatismo lejano, lo que singulariza y evoca.
Asombro
De todo este abandono, fábricas huidas, rincones de herrumbre, elementos corroídos, farolas sin luz, de todo ello, probablemente junto a la impresión de desamparo nos llega un principio de asombro: “Soy lo que pinto y pinto lo que soy. Por lo cual, supongo que de una manera inconsciente todas las exposiciones que veo, las lecturas, las películas, las conversaciones que mantengo.todo afecta a las decisiones que, finalmente, tomo en un cuadro. Yo no reconozco una influencia inmediata de nadie, no porque reniegue de ellas, todos tenemos algo de otros y sería de una prepotencia ingenua pretender lo contrario, sino porque no alcanzo a identificarlas”.
Considero que lo cierto es que la introspección, el mirar hacia adentro, son los signos que conforman su lenguaje vital y estético, presencias que son de recorrido cadencioso, marcan su cuaderno de viaje, desde Pavese, los escritores de relatos cortos norteamericanos, Cheever, Carver, Ford, Munro, pasando por Miles Davis o Ry Cooder, Giacometti, Vermeer, Kiefer, Goya, Morandi, Rothko o Fray Angélico y Tápies. Todos estos registros miden su presencia en el mundo, y fruto de ello, su obra pictórica, distraída, deambulando entre las soledades de su estado natural: “Mis cuadros son una prolongación de mí mismo y, por lo tanto, hablan de mí”.
Tanta soledad, tanto desalojo, no impiden probablemente por la textura de sus atmósferas y la calidez de su cromatismo, que cuando contemplamos sus trabajos, sintamos el calor de la acogida, el bienestar de la soledad buscada, deseada, el sabor dulce de una pintura que no agrede, que no chirría, porque es la consecuencia lógica que depara la ausencia de ruido, el aislamiento que no se ve perturbado, toda una reivindicación en definitiva del silencio..

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “CINCO CLAVES DE LA PINTURA NAVARRA”: ELENA GOÑI.

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (III)
Elena Goñi, mirando de la ventana abierta
- Camino Paredes, experta en arte, ex directora general de Cultura y ex directora del Museo de Navarra, continúa su serie sobre el trabajo de los artistas navarros con Elena Goñi Goicoechea (Pamplona, 1968), un referente de la pintura en la Comunidad foral
- El de Elena Goñi es un realismo próximo y distante, del que surgen paisajes, pero sobre sobre todo personas
Martes, 27 de enero de 2009 – 04:00 h.
CONTEMPLÉ por primera vez la obra de Elena Goñi en la Sala del Polvorín de Ciudadela el año 2002, y me sobrecogió. Más tarde, en una reunión de amantes del arte, artistas y gentes de este pequeño universo, realizada en un estudio de creadores plásticos en nuestra a veces díscola ciudad, la escuché hablar de su trabajo.
Fue una sesión amena que destilaba cariño, todos estábamos admirados y fundidos con su trabajo, ella sin embargo, sufría al escuchar su voz flotando en el silencio agradecido pero tenso, de aquella sala en la que sólo se veía arropada por las familiares imágenes de sus obras que iban proyectándose en la pantalla. Después, he disfrutado de la calidad y naturalidad de esta mujer de cristal, cuya proximidad y sencillez me descubren sólo un retazo de lo que adivino.
Elena trabaja diariamente con la disciplina laboral de los horarios, mañana y tarde su universo espacial se ve afincado en la mágica atmósfera de su estudio. Desde uno de sus balcones descubro la fachada imponente de la Catedral de Pamplona, esa obra de Ventura Rodríguez que tanto tiene que ver con otro edificio amado por Elena, el Palacio de Anaya de Juan de Sagarbinaga, justo frente a la catedral de Salamanca, la ciudad en la que Elena estudió Bellas Artes y en la que como otros muchos, ha dejado una parte de su corazón (ambas hemos disfrutado y sentido el cegador esplendor artístico de las arquitecturas construidas con la piedra de Villamayor de esa ciudad del alma y del arte).
Tal vez por esto, por ese deambular entre creaciones, Elena posee un conocimiento y una cognición de la historia de la pintura, que le permite discurrir y pararse en aquellas obras que se han quedado perpetuadas en su memoria. “Hay personas que han desarrollado una memoria prodigiosa, capaces de describir al detalle lo sucedido un tiempo atrás sin trastocar ni imágenes, ni nombres, ni hechos. Estas personas son excelentes contadores de historias porque con semejante base de datos pueden permitirse el lujo de ir y venir de un acontecimiento a otro y tomar lo que les interese para crear una especie de tapiz con mil hilos de colores distintos. Para los que tenemos una memoria dudosa, los hilos de colores destiñen y nuestro tapiz acaba por no entenderse. A la hora de echar mano de los hilos de la memoria parece como si tuviéramos que ir a buscarlos a la China. La distancia se hace tan larga y el recuerdo del color tan débil que por el camino tenemos que fijarlo con los nuevos colores que encontramos. Y resulta que los hallazgos a veces son tan interesantes que valen más que el recuerdo primitivo. Al final, en el lugar del rojo aparece un violáceo con trasfondo naranja que vibra mucho más”.
Por eso en su retina y en las postales que se arrinconan en las paredes de su estudio están las imágenes de Antonello da Messina, Morandi, El Bosco, Leonardo, Vermeer, Van der Weyden, Paolo Ucello, Rubliov, Giovanni Bellini, Carrá, Memling o Fray Angélico. Pero en su recuerdo, en su aprendizaje y en su corazón, están las lecciones de Isabel Baquedano y Juan José Aquerreta. “A los dos les debo este vislumbre de lo invisible que, sin embargo, sólo se puede colar-o manifestar, digamos más propiamente- a través de lo real visible. Sólo a través de la carne se manifiesta el espíritu”.
Pero si Elena dialoga con todos ellos, lo cierto es que su trabajo hace gala de una espiritualidad conquistada, una maestría firme, una veracidad compleja y una magia difícil de encontrar. Elena Goñi atrapa con su trabajo, con su seguridad y firmeza, nos abre la ventana al silencio, a la soledad, siempre en ella acogedores y protectores.
Realismo
Estamos ante un realismo próximo y distante, simplificado y profundo, juego de cristales, encrucijada de emociones, de donde surgen paisajes, lugares próximos, pero especialmente personas, y todo lo vemos como de soslayo, quedamente, respetando el territorio de aquellos que viven en sus lienzos. Son motivos tan naturales que se presentan idealizados, en una legítima realidad. “Siento una necesidad de que mis criaturas pintadas sean seres concretos, más concretos que lo que lo son en su condición de individuos aislados. Que esa concreción les haya sido conferida por algo distinto de su naturaleza de unidades de especie. En el fondo, quiero que estas criaturas sean reconocibles”.
Reconocibles y asibles, las personas que habitan los cuadros de Elena Goñi son reales, están en su historia, junto a ella en el jardín, compartiendo una reunión de grupo, tienen nombre, no necesitan más, están identificadas en su cercanía, forman parte de su entorno familiar, son ella misma. “Pintar un retrato es algo muy difícil, pocos pintores lo hacen con éxito, porque no se trata sólo de reproducir los rasgos que hacen de esa persona alguien diferenciado, sino de – no sé cómo explicarlo- eso que, para no andar buscando otras maneras de decirlo, llamaremos la personalidad, aunque esté mal dicho, claro. Lo cierto es que si eso se consigue, resulta que el parecido no tiene ya tanta importancia. Eso lo han conseguido los flamencos, y lo bordan los italianos, me refiero a ese modo de dar por descontado el parecido para pasar a reflejar algo que es otra cosa.”
Italia es la cita aplazada, sin duda ese lugar al que hay que ir con calma, porque forma ya parte de ti, de tus imágenes, de la música de tus oídos. “Yo siempre encuentro en esa belleza italiana la alegría, y en esa alegría, más vida que arte”. Vida observada y disfrutada a través de las imágenes, también, cómo no, el cine. “La luz de la materia que brilla en las primitivas pinturas italianas, los contornos distintos, yo creo que perviven en el cine de Pasolini, de Antonioni, de los hermanos Taviani. Es como si estuvieran empapados de Piero, de Massaccio o de Masolino”. Y siempre recurrente, Fellini . “Es maravilloso cómo Fellini cuenta cosas sin necesidad alguna de argumento, en realidad sin justificación, cuenta y cuenta sin venir a cuento”. Con la cadencia que preside todo su lento laborar, Elena prepara ahora su próxima exposición, pacientemente va haciendo nacer nuevas obras, intensas y minuciosas, con el mismo anhelo de la espera que preside su vida, Elena se renueva, renace y brilla en este momento de plenitud, único y preciso, ella que habla de milagros y espiritualidad, está gestando una nueva ilusión, cuyo rostro reproducirá sin duda en los límites precisos de sus lienzos, con la satisfacción de lograr alcanzar la plenitud de lo que no posee medida, porque se pierde en su grandeza. Tañen las campanas de la catedral de Pamplona, mientras la luz se apodera del estudio de Elena Goñi, una luz homogénea sin contrastes, que emana tranquilidad y calidez, yo renuevo en mi memoria el choque intenso de la evocación de esa música contundente y la generosa simplicidad que las obras de Elena nos regalan, amor a la pintura, a la forma, al color, ¿acaso no estamos ante una utopia materializada desde el sigilo?

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “CINCO CLAVES DE LA PINTURA NAVARRA”

Una cita, la exposición “Cinco claves de la pintura Navarra”, y a propósito de ella, vamos a ir circulando por los perfiles de cada uno de los artistas que la integran. Para hacerlo retomamos en este Blog, cinco textos aparecidos en DIARIO DE NAVARRA, en ellos, desde la visión de quien escribe, nos acercamos de una manera humana y personal a la peculiar manera de ver la pintura y entenderla de estos cinco pintores navarros: Javier Balda, Florencio Alonso, Koldo Sebastian, José Ignacio Agorreta y Elena Goñi.

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (V) CAMINO PAREDES
Javier Balda: las geometrías son metáforas
- La experta en arte y ex directora general de Cultura, Camino Paredes, prosigue su recorrido por los lugares de trabajo de los más destacados pintores navarros con Javier Balda (Pamplona, 1958), un artista de larga carrera afincado en San Sebastián
Miércoles, 8 de abril de 2009 – 04:00 h.

R EPRESENTAR la fugacidad del tiempo y de la vida, moverse en territorios de eliminación formal, transitar por superficies que admiten el mensaje perseguido a costa de superponer elementos que provocan nuestra emoción, lograr nuestra complicidad penetrando en laberintos en los que la perspectiva y la organización regulan la existencia, en definitiva, llegar a plantear un compendio de sensaciones y sentimientos a través de imágenes trabajadas, ordenadas, hace que artistas tan poliédricos como Javier Balda logren convencernos con su afanoso esfuerzo en este territorio sin fronteras que es el arte de este sinuoso siglo XXI.
Javier Balda siente la emoción de la creación, y va más allá, vive el estímulo del pálpito artístico, materializa proyectos integrales que le mantienen conectado al proceso y le permiten reflexionar sobre la conjetura del hecho creador en su conjunto, de ahí sus incursiones en el Comisariado de exposiciones, en el diseño, su voz teórica y reflexiva, su contacto permanente con lo visual, su nada desdeñable compromiso con la palabra, en definitiva, su abundante trabajo que permanece en un continuo evolucionar, en un progresivo estadio de interrogación de hacia qué rumbo debe seguir, en qué dirección puede planear.
Balda vive en muchas de sus facetas, la actividad artística, me consta su visión exhaustiva y crítica de lo que acontece, su interés va de los márgenes hasta el núcleo por él proyectado, en realidad, sus obras tienen un tinte metafórico, porque construyen pieza a pieza la síntesis de sus ideas, esas que con calma pero con visión analítica, superpone y expone en la conversación exigente de lo que esperamos y deseamos para la situación artística de nuestra Comunidad. Me llega su entusiasmo, me conmueve su sincero interés, me apena la conclusión aciaga de una realidad local nada alentadora. “Mantengo un sentido crítico con la práctica de arte en Pamplona y en Navarra.Hablo de la formación de los artistas, de las oportunidades, de la visibilidad más allá de la prensa en determinados momentos. Tengo la sensación constante de que hablar de arte aquí es hablar de un inexistente privilegio, apreciado en una consideración más antigua que contemporánea; de que es imposible que las instituciones quieran consolidar ofertas coherentes y continuadas relaciones entre arte y conocimiento hacia los ciudadanos; en los últimos años se han asentado algunos programas, el museo Oteiza, algunos festivales de cine, la oferta de teatro y música es alta, pero la sensación es demasiado voluntarista, con poca decisión programática y política, al menos en las artes visuales se necesita un impulso fundamental que evite una continuada endogamia y que siga considerándolas un complemento de ocio”. Me reconcilia su ánimo locuaz que vive la plenitud del entusiasmo por dar pasos adelante, al margen de circunstancias temporales y coyunturales.
Javier siente vívidamente la realidad plástica navarra, pese a vivir en San Sebastian, su actividad tiene dos cauces fijos de desarrollo. Pamplona es un pilar esencial en su vida, aquí ha nacido, trabaja continuadamente, aquí planean los recuerdos familiares, su primera incursión en la creación: “Mis inicios están ligados a mi padre, a verle pintar en casa, manejar pinturas y pinceles, dibujar, participar en concursos de carteles, visitar los domingos exposiciones y coincidir con sus amigos pintores: Lasterra, Ascunce, Beunza, ¡incluso Basiano en el Biscuter!…Desde muy joven buscaba mi sitio en ese mundo decantándome por imágenes menos convencionales., rechazaba lo convencional; verme inmerso de repente en los Encuentros de Pamplona, la rareza en plena calle, no sabiendo qué pasaba pero apreciando cada detalle de toda aquella propuesta contradictoria y radicalmente moderna, Valcárcel, Lugán, Crónica, Zaj, la recuperación de espacios en Pamplona, y el aprecio por los incipientes trabajos de Royo, Salaberri, Morrás, Osés, Azqueta, Bados, Anda.De la misma manera recuerdo los primeros encuentros con Pedro Manterola, al que – aunque no le guste- tanto debo de la visión y la recomendación de lecturas, de otra forma de apreciar, refutar y encontrar lugares esenciales en el arte”.
En San Sebastián
Frente a estas páginas de la memoria, San Sebastian brinda a Baldó el entusiasmo de lo novedoso, aquí instala su estudio “con otra ilusión, una ciudad nueva algo más cosmopolita, que tenía galerías, y el incipiente y magnífico proyecto de ARTELEKU que nos conectó y nos hizo compartir diferentes prácticas más abiertas. En realidad es en San Sebastian en donde empecé a plantear un trabajo más sistemático, más entregado, más agotador y con más ambición de oficio y también a exponer comercialmente. Fueron los años en que, quien más quien menos, pululamos en cursos y becas por Madrid, Bilbao, Berlín, París y otros en Nueva York”.
Javier trabaja en un amplio estudio, una nave industrial luminosa y diáfana, abrigada por las colinas que rodean San Sebastian, es un estancia que le acerca a otros oficios, otras naves y talleres que el brindan la rutina de la práctica laboral, los horarios de los oficios cuyos límites y ataduras parecen querer colisionar con el ritmo voluntario que él marca a su jornada: “Me gusta sentirme en ese ambiente de proceso industrial y producción laboral (no es snobismo), de manejo de materiales y de cercanía a quienes tienen trabajos de horario fijo y creación de su actividad. Entre mis conflictos siempre ha estado dotar de sentido a la actividad artística pero a la vez olvidar la parte intelectual y poder sentirlo sólo como oficio”. Su estudio es un lugar de invención, un espacio abierto a la creación, dilatado y silencioso, propio y personal, nítido y propiciador, en él, sin duda, Javier siente la libertad de practicar el trabajo como necesidad, siendo dueño del tiempo y de las pulsiones que su voluntad le dictan.
Veo el trabajo de Balda ligado a ese espacio, a ese laboratorio donde maneja el orden y el caos, la intimidad y su constante pulso social; su obra enfrentada al orden, a la arquitectura, destila compromiso, quizás es lo que más me planea cuando contemplo su trabajo, sus materializaciones van mucho más allá de la imagen, Javier ha llegado al momento actual, pagando el peaje de un notable conocimiento del arte del siglo XX Y XXI, surrealismo, informalismo europeo, Escuela de Nueva York, Warhol, Lichtenstein, Baselitz, Kiefer, Hockney, Anthony Caro, Judd, el arte conceptual de los 70, una amplia cultura estética que es referencia e inspiración, gracias al sabio manejo de su retina, voluntad y creatividad, Balda ha alcanzado un momento de sólida contundencia formal, de elegancia estética, sin carecer o desprenderse de los rasgos que han conformado su lenguaje, y le han convertido en un artista con espacio propio en el panorama de las artes plásticas actuales españolas. Sirvan de referencia su presencia continuada en ARCO y sus últimas exposiciones con sus galeristas Moisés Pérez de Albéniz, las galerias Altxerri y Bach Quatre, o su escueta pero firme representación en la exposición Silencios, 22 artistas navarros, realizada en la sala de Baluarte, y más recientemente, la exhibición de una obra invitada en el Centro Huarte de Arte Contemporáneo.
Esta última pieza, de gran formato, sintetiza las diversas líneas de trabajo de Balda, cuyo nexo común es el uso de fragmentos de estructuras y tramas diversas. Sus piezas han ganado firmeza, énfasis, juego volumétrico, primando la irregularidad perimetral sobre la superficie más plana, con la base del uso de colores básicos fríos, parco en su uso, contundentes en su resonancia. Las geometrías de Balda están en un continuo fluir, son sensibles al discurrir del tiempo, pasado y futuro, tal vez por ello, en sus trabajos encontramos su soledad, su emotivo interés, su eterno afán por involucrarse, su persistente pregunta de hacia dónde va su pintura y sus sistemas de representación, y por extensión y empatía, hacía dónde camina esa sociedad con la que pese a su sentimiento de retraimiento no deja de estar totalmente implicado. Sin duda, su sentido crítico es motor y estímulo para todos.

JOHN DAWSON WATSON, LA FASCINACIÓN FORMAL.

Son muy escasos los datos con los que contamos sobre este fascinante artista, sin embargo, no podemos dejar de admirar la maestria de su trabajo pictórico.

James Dawson Watson estudió en la Escuela de Manchester de Escuelas de Diseño y la Academia Real. Desde que se estableció en Londres en 1860, trabajó como ilustrador y acuarelista siguiendo los pasos de su hermano-en-ley y también artista Myles Birket Foster. Colaboró ​​en revistas como buenas palabras y Sociedad de Londres , produjo una espléndida edición de El progreso del peregrino de la editorial Routledge George en 1861 y proporcionó diseños e ilustraciones para la antología Poesía Sagrada Inglés en 1862. En 1877, una retrospectiva de su trabajo se organizó en Manchester. Vivió en Conway en el norte de Gales, donde murió en 1892. –

La obra de Dawson no adentra en espacios de interior, en los que el preciosismo impera, pero también el gusto por lo delicado, refinado y sublime.

Lejos de provocar en nosotros el rechazo de lo excesivamente artificial, las obras de Dawson invaden nuestra sensibilidad, nos invitan a la melancolia, especialmente sus paisajes, románticos y encendidos. La pincelada suelta, arrebatada, contribuye a lograr que cada escena se convierta en un paisaje de la memoria, un lugar al que llegar cuando la noche nos recoge y soñamos con el absoluto.

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No es de estrañar que cuando Gustavo de Maeztu se adentra en el conocimiento de la pintura inglesa, la elegancia cosmopolita de Dawson le cautiva, y la magia arrebatada de sus paisajes quedará fijada en su retina para siempre.

Sirva este texto de recuerdo y pequeño homenaje desde el MUSEO GUSTAVO DE MAEZTU para este gran maestro.

LA OBRA DE L.S.LOWRY, TESTIMONIO DE UNA VISIÓN DE LA SOCIEDAD DESDE LA VENTANA DE LA PECULIARIDAD

LA OBRA DE L.S.LOWRY, TESTIMONIO DE UNA VISIÓN DE LA SOCIEDAD DESDE LA VENTANA DE LA PECULIARIDAD.

En ocasiones nos encontramos con pintores que pintan desde los márgenes, aquellos que presiden lo lateral, lo recóndito cuando no, lo indiferente o sencillamente lo personal. Me gustan los artistas “raros”, porque son ellos los que dan pasos al frente desde su buscada soledad. L. S. Lowry, pintor de atmosféricos paisajes urbanos e industriales, nos ha dejado un poderoso legado. Pero a pesar de su gran popularidad, la figura de este personal artista no goza todavía de plena aceptación entre las altas esferas del mundo del arte. La Tate Gallery de Londres, por ejemplo, aún guarda en sus almacenes, fuera de la vista del público, una extensa colección de sus cuadros. Laurence Stephen Lowry nació en 1887 en Manchester, cuando tiene 12 años, su familia decide mudarse, por problemas económicos a Pendlebury que es una ciudad industrial, su paisaje lleno de talleres textiles, fábricas y chimeneas será después dibujado por Lowry en sus cuadros más representativos.

Lowry fue hijo único, después de la muerte de su padre en el año 1932 tiene que hacerse cargo de las deudas dejadas por este y los problemas psicológicos de su madre. Este artista inglés se dedicará durante el día a trabajar cobrando alquileres y cuidando a su madre y durante las noches pinta. De esta época son sus retratos de la serie “cabezas horribles” en ellos podemos observar que hay una gran influencia del estilo expresionista. En sus retratos aparece también la famosa figura de Ann, para muchos estudiosos de su obra Lowry pintaba los cuadros de Ann, que sería una mujer ideal, una mujer inexistente. Los retratos de Ann se repiten a lo largo de toda su vida.
Los comienzos de Lowry fueron bastante duros, en un primer momento sus obras no eran muy apreciadas, eran consideradas naif, sin embargo sigue trabajando y pintando por las noches, participa en alguna exposición colectiva hasta que en 1939 consigue su primera exposición individual que tendrá bastante éxito, en ella llega a vender 16 obras, una de ellas será comprada por la Tate.

Sus cuadros más representativos son los que recrean el ambiente y las calles industriales de Inglaterra del Norte, sus paisajes industriales abarrotados de una multitud de gente que van de un lugar a otro, movidos como por inercia, además destaca también de sus pinturas la falta de fenómenos meteorológicos en la mayoría de sus paisajes, lo que a veces lleva al espectador a una sensación de ensueño. Sus figuras fueron definidas por los estudiosos de su obra como hombres cerilla, debido a lo abstracto de su representación, sus figuras suelen ser grupos, multitudes que caminan sin saber muy bien a dónde se dirigen, son protagonistas de la obra pero al mismo tiempo, al observarlos son seres anónimos de los que no podemos sacar ni un ápice de información.

Sus obras no son realistas, el mismo afirma que “la mayoría de sus paisajes son compuestos, inventados: parte real y parte imaginaria… trozos y piezas de mi localidad, ni siquiera sé que las pongo, surgen por sí mismas, como sueños”.
Lowry murió a los 88 años de neumonía, después de su muerte salieron a la luz una serie de obras eróticas que también tienen una gran importancia artística, sin embargo por lo que siempre será reconocido este artista es por recrear la vida industrial que estaba emergiendo en la Inglaterra de su época, aunque no de forma realista, sino de una manera muy personal. Su obra ha quedado como un gran testimonio de una época y un lugar, pero además es mucho más, es una obra inquietante, intimista y social, aislada y colectiva, evocadora e inquietante, en definitiva, es una obra que no deja indiferente y que perdurará.

Noel Gallagher pide que las pinturas de Lowry se hagan públicas

Noel Gallagher ha pedido a los jefes de las galerías en Londres que muestren las pinturas de LS Lowry, llamando a la obra del artista británico como “muy brillante”. El rockero es un gran fan de Lowry, conocido por la pintura industrial de Inglaterra, e incluso rindió homenaje al pintor en el video musical animado de Oasis para ”The Masterplan” en 2006. Gallagher está ahora respaldando la campaña del actor Sir Ian McKellen para convencer a los funcionarios del famoso museo Tate Britain de Londres para que exhiban 23 piezas de Lowry, que se conservan actualmente en privado.

Hablando en el documental de McKellen en el Reino Unido ”Looking For Lowry” (”Buscando a Lowry”), Gallagher admite que siempre ha admirado al artista por su descripción honesta de la vida en el norte de Inglaterra. Él dijo: “¿Es como cuando escuchas por primera vez a los Beatles? Lowry siempre estuvo ahí … Supongo que todas las personas que Lowry conoció están en sus cuadros… “Todo el mundo está en movimiento. Allí no hay nadie de pie aún. Son muy brillantes … consigues grandes cielos en Manchester, realmente turbulentos. cielos grises y con edificios altos y un pequeño perro flaco.”

Gallagher responde a la pregunta de ¿por qué la obra de Lowry no se ha mantenido para el público?, y agregó: “No son considerados dignos, man ¿Es sólo porque era un norteño? ¿Alguien sabe por qué ¿Por qué? ¿Cuál es la línea oficial????” En definitiva, Lowry nos seguirá acompañando, tanto en los Museos como en las imágenes colectivas porque su obra no nos deja nunca indiferentes.

ALFONSO ASCUNCE

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (XII) CAMINO PAREDES

Ascunce, la metáfora del arte ecléctico

Camino Paredes, experta en arte y ex directora general de Cultura, recorre en esta serie los estudios y los lugares de trabajo de los principales artistas navarros. En esta ocasión se fija en Alfonso Ascunce Izuriaga (Pamplona, 1966)

 

Martes, 25 de mayo de 2010 – 04:00 h.

EL cuadro, ese punto fijo en el espacio, es nuestro lugar de partida. De modo misterioso, cada imagen asume la mirada con que la contempla. El cuadro, medida de una intención, reto y esplendor, el cuadro obsesión y afirmación, página en la que Alfonso Ascunce, en un laborar incansable, condensa su tímido ser, y se engrandece con la ejecución plenamente lograda.

Alfonso Ascunce, sintetiza en estos momentos, como pocos artistas, la materialización de una aspiración que ha germinado en este hombre dotado y sencillo, huidizo y discreto, poderoso y cálido, de vocación auténtica, que me consta, ha luchado en las dos últimas décadas por lograr sobre el soporte retador el desafío de la pintura y la creación en su vertiente más generosa.

Alfonso Ascunce ha vivido el arte desde su infancia, su curiosidad y el sentimiento del arte le han acompañado en todos estos años, tutelas como las de Isabel Baquedano o Juan José Aquerreta han ejercido una seducción estimulante pero no encubridora, amistades como las de Santiago García o Charo Fontalba, se mantienen en el tiempo, al igual que otras, aunque coincidamos en la percepción de que en el arte navarro en este momento, al margen de su buen tono :”No hay nada significativo que pueda definirlo de no ser su cierto autismo. Mi vinculación con los artistas navarros es de tanta cercanía como distancia aunque tenga amigos y me interese su trabajo. Me es imposible pensar en los artistas navarros como una realidad concreta, sí en individuos”.

Lateralidad, distancias de cristal, respeto e individualismo, no dejo de percibir estas constantes en el arte navarro, en la dispersión la unión, atomizados y sin embargo fusionados por la entrega y la buena práctica, más auténticos que nunca y a la vez, más desposeídos, trabajando con penetración a sabiendas de que un pertinaz obstáculo, el desinterés institucional, malogra y dificulta cualquier conato de trascender y sobrepasar fronteras bajo el impulso de un apoyo contundente: “En los últimos años se ha visto cómo han ido desapareciendo galerías y espacios expositivos y no sería descabellado el apoyo a la labor de los pocos que siguen trabajando por hacer exposiciones, por difundir el trabajo de los artistas, por poco espectacular que pueda resultar este trabajo. Se producen falsos debates que enmascaran verdaderas necesidades. Se tiene un miedo feroz a lo elemental, al propio ser humano, lo que lleva a cierta falta de pragmatismo y en todo caso a sustituir éste por lo simbólico. El Centro Huarte es un ejemplo. Centro de arte-réplica, clónico de otros tantos nacido de los excesos y la falta de reflexión, nacido muerto y a día de hoy insostenible y justificable tan sólo a base de cabriolas.El Museo de Oteiza es un patrimonio cultural importante, una joya, un regalo.”

Vida interior

Hay mucha vida interior en Alfonso Ascunce, en él los artificios y convencionalismos de la vida no en su superficie sino en su capa fina, impalpable, en nada menoscaban la profundidad interior que posee.El tiempo y el trabajo incesante, Alfonso trabaja todos los días, intensas horas en su estudio abigarrado de la Chantrea, en una continuidad feliz, en una mezcla intangible entre ocio y laboriosidad: “Mi vida, mi trabajo, la pintura.son una sola cosa, no es que las concilie o articule. Cada día me levanto por la mañana y me pregunto ¿qué toca?…planifico de un modo abierto, creo no ser nada rígido pero conozco bien mi tarea así que me permito mis lujos, aparcar toda prisa, aunque a veces la necesidad de resolver se imponga. Dedico mucho tiempo a poner orden, a preparar el momento de la acción. Con la pintura pienso mucho, quizás demasiado y cuando entra la acción, lo hago intentando olvidar todo lo pensado”. Como digo, el tiempo y el continuo trabajo, nos lo acercan en el vigor perfecto de la vida, haciéndonos sentir, a los que le conocemos desde hace mucho tiempo, que todavía pese a la magnitud de las flores que nos ha dado, todavía no nos ha dado todas las flores y el próximo trabajo de sus dedos nunca ociosos será hurtándonos una a una las flores más espectaculares de una pintura firme, plena y estimulante.

Ascunce, propietario de ese jardín que embriaga con sus formas y colores sus cuadros permanentes, ese jardín que parece habitar de continuo, visitándolo una y otra vez, en el que probablemente contempla hondamente su progenie vegetal con un amor que no podrá compartir ni concebir quien no participe en el proceso de creación del mismo, a veces.

Sus obras parecen concebidas en series, como si un impulso narrativo determinase que el diálogo no puede interrumpirse, porque todo es un proceso de afirmación vital, un retrato prolongado de una forma de encarar la vida, siempre con la mirada al frente en una aventura interminable y prolongada que configura la vida: “El centro de mi trabajo es la pintura y dentro de ésta, trabajo en cosas distintas, con distintas velocidades. El pulso es protagonista en casi todo lo que hago. Imagino una pintura limpia, animal. Las obras son una proyección de uno mismo así que no me queda más remedio que intentar ser mejor y útil como persona.

No repito lo que ya he hecho, no se trata de producir, de convertirse en una fábrica. Mi trabajo me sirve para posicionarme en el mundo como persona, no como artista, aunque esto sea finalmente una profesión.”

Y es que la obra de Alfonso Ascunce consiste en hablar de cosas silenciosas, cuyo aliento de flor delicada nunca nos hubiera podido llegar sin la exaltada pasión que él consigue reflejar. Porque lentamente consigue pasar de las exterioridades al núcleo.

Pocos artistas tan valientes, tan frescos y plenos, su momento es tremendamente vivo, al igual que su pintura, orgánica, incesante, cuyos motivos lo inundan todo, cargados de la vitalidad que Ascunce alberga, la que le hace encarar el oficio y la vida con un movimiento ininterrumpido, íntimo, preciso y pródigo. Es por eso que viendo el trabajo de Alfonso siento como donde el arte entra en movimiento, en tensión y en realización acertada, allí donde tiene presencia, ni siquiera lo inerte desaparece por completo. Con el arte, con su misterio, con su poder, ni se marchitan los sueños ni se descomponen los deseos, sólo se alcanzan momentos de excelencia visual, gratos momentos de placer estético como los que Ascunce nos ofrece.

Koldo Sebastián, entre la filosofía y el disfrute

El pintor posa junto a "Physis"

“Uno empieza a dedicarse a la pintura cuando adquiere un compromiso con ella. Cuando está dispuesto a devolverle algo que esté a la altura de los beneficios que le reporta”. Así concibe Koldo Sebastián (Pamplona, 1961) su relación con el pincel. A pesar de que no se dedica a ella de manera exclusiva -la docencia ocupa el resto de su vida profesional-, la pintura es una actividad que, según cuenta, le ayuda a  construirse a sí mismo tanto como a la propia obra. Para ello, filosofía, matemática y arte se dan la mano en obras como Physis (1999), que forma parte de la muestra Pintura y Universidad que actualmente se ofrece en las paredes del Gustavo de Maeztu.

Marta Vidán 

Al tratarse de ideas, de  conceptos filosóficos, el pamplonés trabaja siempre en serie. Desarrolla los pensamientos en trabajos que forman un mismo conjunto a través del cual van tomando forma. Physis, en concreto, es un eslabón entre dos series: una homónima y Calignometrías (2002-2011), cuya etimología encierra el concepto “curiosidad”. Representa la lucha entre el caos y la armonía. Entre la naturaleza y el orden. Por ello se compone de formas que se intentan “encerrar” en un cuadrado. “Tengo un pensamiento presocrático -explica- que contempla el conflicto entre el caos y el orden, una relación dual”.

El tamaño de cada lienzo del conjunto, además, lo escoge en función de las exigencias de cada idea. “Adapto a una escala lo que quiero contar”, aclara de las series, que son “como matrioscas”, donde el pensamiento se va concretando y disgregando. Cuenta que pintar es para él como un mantra. Un ejercicio que le ayuda a poner en marcha su funcionamiento mental. “Así, mis emociones discurren del modo que más me gusta –añade. Sin ello, yo sería distinto y carecería de muchas de las cosas que me afloran cuando trabajo”. Es por esto que declara que pinta para construirse a sí mismo.

 

Imagen de "Calignometrías"

 

La importancia de la diversión

Pero para Koldo Sebastián no sólo se trata de conocimiento y evolución personal: disfrutar es uno de los materiales imprescindibles en sus obras. “Si no me lo pasara bien, no pintaría –confiesa-. La sensación de pintar me gusta tanto como acariciar a mi mujer”. Por otro lado, es consciente de que el proceso de construcción, en sentido literal y figurado, es inherente a su forma de trabajar y a su propia óptica, y de que su infancia ha estado impregnada de él. Recuerda los edificios en obras de su barrio de Pamplona, la Rochapea. Y cómo su madre lo entretenía pidiéndole que diseñara las cenefas para sus tejidos, actividad que él asocia también con la abstracción.

Respecto al presente, Koldo Sebastián tiene algo claro: está en un momento de introspección. Tras diez años intensos y fructíferos trabajando en Calignometrías, le ha llegado el momento de mirar hacia dentro. Para su autoconocimiento tiene una técnica muy simple: el orden. “Somos permeables, por lo que un contexto de orden externo nos ordena a nosotros mismos”, declara. La relevancia de mirar hacia uno mismo la achaca a que madurar se compone de educación y experiencia. Así, a lo largo de los años ha sido capaz de llegar a la conclusión de que la verdadera relación profunda con el arte se alcanza cuando, ante un cuadro, uno es capaz de hacerse tres preguntas: qué ve, qué siente y qué interpreta.

Joaquín Ilundáin, un toque de varita mágica

El pintor navarro, que expone su obra Claustro en el Museo Gustavo de Maeztu, relata sus inquietudes, su concepto “mágico” del artista, su trayectoria, y lo que todavía le queda por hacer.

Marta Vidán

 

Opina que del pintor tiene que hablar su obra. Pero aun así, tiene mucho que contar. Por ejemplo, que las primeras y las últimas luces del día son sus preferidas. “Para las seis y media de la mañana muchas veces planto el caballete”, cuenta. Confiesa también que siente debilidad por Juana la Loca. El pintor Joaquín Ilundáin Solano nació en Pamplona y ahora reside en Arbeiza, pero su carrera ha transcurrido en distintos puntos del mapa, dentro y fuera de España. Todo comenzó cuando siendo niño dos tubos de pintura cayeron en sus
manos.

Actualmente su cuadro Claustro abre la exposición Pintura y universidad. La muestra se ofrece en el Gustavo de Maeztu desde el pasado 6 de julio y permanecerá en Estella hasta el 30 de septiembre, momento en que viajará a la Fundación María Forcada de Tudela. Posteriormente- entre el 27 de noviembre y el 10 de febrero- podrá visitarse en el Museo de Navarra de Pamplona.

“Con 12 ó 13 años me regalaron dos tubos de pintura, uno rojo y uno azul. Así empecé a pintar. Pensé entonces que con más tubos podría hacer más cosas”, relata. Ilundáin también guarda en la memoria la primera exposición que vio, hacia los 14 años, una del tudelano César Muñoz Sola (1921-2000). En este momento se recuerda rebelde y seguro de sí mismo. “Creía que con pocas clases había aprendido, no me gustaba lo académico”, explica. Así que aprendió fuera de las aulas, con pintores ya consagrados a los que conoció siendo adolescente. Años más tarde, hacia los 18, decidió hacer una mochila con lo necesario, agarrar su caballete y recorrer Extremadura y Castilla y León, en sus palabras, como “un solitario”. Pudo hacerlo gracias a una beca del Gobierno foral.

Esta salida tiene que ver con que la idea de descubrir un nuevo entorno es una de las cosas que más le emocionan. Y esta tierra ha seguido moviendo sus pinceles a lo largo de los años. De hecho, hace diez descubrió Tordesillas (Valladolid) y últimamente ha pasado alrededor de cinco meses trabajando en Toro (Zamora). El carácter histórico de estas localidades es uno de los aspectos que le atraen, pues la historia es una de las grandes aficiones de Ilundáin y casi su única lectura, donde Juana la Loca, la figura a la que más cariño tiene, suele ser protagonista.

 

 

 

Una sensibilidad superior

La música es otra de sus pasiones. Las composiciones de los siglos XV y XVI suenan en su casa de Arbeiza, donde reside desde 1993. Pero el silencio es algo a lo que el pintor da mucho valor. “Hay que defender la paz”, sentencia, ya que tranquilidad y asombro son dos cosas que le resultan imprescindibles para plantarse frente al lienzo. “Tengo que pintar contento, alegre, con sorpresa”. Por ello relata que la cosa más nimia que posea belleza puede inspirarle. “Me conformo con poco –matiza-. Para mí la felicidad ya no son regalos grandes, sino pequeñas cosas, como ver una luz de atardecer sobre unas flores”.

Ilundáin achaca esta capacidad de admiración al propio carácter del artista. “Lo que nos diferencia es una sensibilidad superior, como si fuera un toque de varita mágica”. Así que si no hubiera conocido a aquellos pintores y se hubiera cruzado, por ejemplo, con músicos, cree que se habría decantado por esa disciplina. Que otra rama artística habría llamado su atención. “Si alguien me hubiera regalado un piano en vez de dos tubos de pintura, tal vez hoy sería concertista”, explica.

 

“El paraíso de la libertad”

Después de su recorrido por Castilla viajó a París con 19 años, gracias a unos amigos en común con el director de la casa Balenciaga que le prestaron un apartamento situado en la avenida George V. Luego le llegó el momento de hacer la mili, tras lo cual, cuando rondaba los 23, conoció la isla que él define como “una finca privada grande de Extremadura” o como “el paraíso de la libertad”: Ibiza.

“Me fui para quince días y estuve yendo y viniendo durante veintiséis años”, comenta. De la isla balear recuerda con cariño la luz y la “gente universal”. También el estilo, el buen gusto de las personas de las que se rodeó, con las que disfrutó de un “sentimiento de colectividad”. Para el pintor se trató de una época fascinante de su vida, representada por tres colores: el verde, el azul y el blanco (este último en relación a la pureza).

Pero durante ese tiempo Ilundáin no sólo estuvo entre Ibiza y Navarra. En 1975 Hamburgo fue su destino, y entre febrero y junio de 1976 residió en Venecia. Dos años después puso un pie en Morentin y se estableció allí en 1980, cuando volvió a la Comunidad foral definitivamente, movido por el sentimiento que la tierra de su familia materna le encendía. Desde 1993 reside en Arbeiza en una calle que lleva su nombre.

Joaquín Ilundáin ha perdido la cuenta de los cuadros que ha pintado a lo largo de todos estos años. Sabe a ciencia cierta, sin embargo, dónde fue a parar cada obra, cuándo y dónde la hizo, en qué situación se encontraba él… Sabe también que a día de hoy sigue disfrutando de los efectos de las primeras y las últimas luces, de la música, las buenas conversaciones y el silencio. Que, a pesar de haber recorrido tanto, aún hay lugares que le quedan por interpretar, como Galicia. Y que todavía le queda por hacer una gran obra. Una que plasme, como él explica, “lo que todavía queda de hermoso en la Península”.

 

Teatro y pintura: los personajes abandonan el lienzo

Cita

Marta Juániz y Miguel Munárriz como el pintor y su madre

Marta Juániz y Miguel Munárriz como el pintor y su madre

“Aprendí que los cuadros se pueden mirar de distintas maneras”, confiesa. Hace casi un año la actriz Marta Juániz impartió el taller infantil El retrato habla. El primer y el último día del curso, además, el actor, director y dramaturago Miguel Munárriz se transformó en Gustavo de Maeztu. El próximo miércoles día 1 la compañía dramática a la que ambos pertenecen, La Nave Teatro, representará dos obras de Munárriz como aperitivo a las fiestas de Estella. Ahora los actores recuerdan la experiencia con los niños y la pintura y desvelan lo que se cuece entre bambalinas al preparar su próxima función.

Marta Vidán 

Los actores posan en el Museo

Los actores posan en el Museo

 

Teatro y pintura, de la mano

Caracterizada de la madre de Gustavo de Maeztu -Juana Whitney- enseñó a los pequeños la obra del pintor. Más bien, matiza Marta, ellos fueron quienes le explicaron bastantes cosas a ella, pues muchos de los niños ya la conocían. Sin embargo, al verla disfrazada, algunos de los más pequeños creían que era un personaje salido de un cuadro. “Me levantaban las faldas y me decían: `¡Tienes piernas!´. A ciertas edades los niños mezclan fantasía y realidad, se lo creen todo, y eso que me habían visto antes vestida de calle. No se sabe dónde está el límite de la ficción”, comenta la actriz.

 

La estellesa resalta, además, que no hay una gran distancia entre el teatro y la pintura, pues “lo que plasma un lienzo es una historia o una visión, con unos personajes”. Así, acercó a sus alumnos a la creación de Maeztu a través del drama. Cada uno eligió un personaje de los cuadros del artista y montaron una pequeña obra que representaron en la última sesión del taller ante sus padres. Ese día recibieron la “visita” del propio pintor, encarnado por Miguel Munárriz.

Del museo al cine

Pum y Qué pelma de tío son las dos obras de Munárriz que el dramaturgo representará el miércoles en los cines Golem de Estella, junto a Marta Juániz, Miren Olazarán, Javier Hernández y Miguel Juániz. El pamplonés cuenta que en el teatro cada faceta tiene su placer. Aunque disfruta más como actor. Comenzó a escribir “por necesidad”, pues dirigía un grupo compuesto por diez mujeres y dos hombres, de manera que precisaban obras que se adaptaran a este elenco.

Los actores ensayando "Qué pelma de tío" el pasado sábado

Los actores ensayando "Qué pelma de tío" el pasado sábado

“El placer de escribir es muy grande. Decides qué le va a pasar al público en cada momento -relata el dramaturgo-, es sorprendente”. Matiza, además, que no se trata de divertir, sino de entretener al espectador. “Uno puede entretenerse lo mismo llorando que riendo”, aclara. Con las dos obras que ofrecerá en los Golem Munárriz ofrece una visión crítica de las fiestas a través de la ironía. “Son situaciones de chiste permanente”, explica.

Marta Juániz disfruta de su trabajo

¡Qué pelma de tío! es, en palabras del dramaturgo, una obra distinta, porque es “una coreografía”. Las canciones que habitualmente acompañan en las plazas de toros van sonando a lo largo de la media hora que dura la comedia. Es, además, una puesta en escena muy real. “Comemos y bebemos de verdad -apunta-. Y nos ensuciamos de verdad. La primera vez que la representamos la ropa tuvo que ir a la basura, pues se manchó de vino, guardamos el vestuario en una bolsa y fermentó”.

Después de su puesta en escena en Estella, Pum y ¡Qué pelma de tío! se representarán al menos seis veces más en otras localidades hasta octubre. Durante el último trimestre del año, además, La Nave Teatro ofrecerá El atribulado voto de la señá María, cuyo autor es también el pamplonés. Posteriormente volverán a Estella con Un cuento de Navidad. En el mes de diciembre se pondrán manos a la obra también con un especial sobre Debussy en el Teatro Gayarre.

Galería.

Aquí te dejamos más imágenes del taller (Yolanda Úriz) y de los ensayos de La Nave Teatro (Marta Vidán)