Sam Francis, a propósito de su catálogo razonado

Muchas son las visitas que a lo largo de los años he realizado al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofia de Madrid, muchas han sido las aventuras estéticas que me ha prodigado, pero creo que ninguna me ha impactado tanto como la exposición que pude contemplar en el año 2000, del artista americano SAN FRANCIS.

Sus obras de gran formato, parecian inundar las amplias salas del Reina, fue como penetrar en un auténtico lugar mágico, en el que el color, intenso, arriesgado e infinito se apoderaba de ti. Fue una experiencia estética imborrable. Quién dice que el ARTE es un lujo?, ¿Quién puede afirmar que el conocimiento y la comprensión de la pintura es superfluo cuando no innecesario?

La historia de Sam Francis es un gran ejemplo de lo que el arte puede hacer con la vida de una persona.

Nació en San Mateo, California, y estudió botánica, medicina y psicología en la Universidad de California, Berkeley de 1941 a 1943. Sirvió en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1943-1945) antes de resultar herido en un accidente de aviación. Estuvo en el hospital durante varios años, y fue mientras estaba allí cuando empezó a pintar, a instancias de su amigo David Parks, profesor de la escuela de Bellas Artes de San Francisco.

Fue precisamente ese hecho el que marcó toda la trayectoria posterior de Francis: durante un vuelo de entrenamiento su avión acabó estrellándose. El futuro pintor sobrevivió al accidente, pero tuvo que pasar los siguientes cuatro años ingresado en un hospital para recuperarse de sus lesiones y de otras complicaciones de salud derivadas de ellas. Fue entonces cuando Sam Francis comenzó a practicar la pintura como entretenimiento, sobre todola acuarela. Cuandorecibió el alta, en 1948, decidió continuar sus estudios universitarios, pero ahora dedicados al arte, concluyéndolos en 1950.

Una vez fuera del hospital volvió a Berkeley, esta vez para estudiar arte. Sus estudios de pintura e historia del arte le llevaron desde el año 1948 al 1950.

Atrapado ya por la pintura, Francis se trasladó a Europa para instalarse en París, ciudad en la que residió durante unos años y en donde realizó su primera exposición en 1952. Desde entonces, en los siguientes cuarenta años, el artista ya no abandonaría jamás la pintura, empleando diversas técnicas y practicando también el grabado. Una intensa vida que incluye cinco matrimonios (con sus correspondientes cuatro divorcios), innumerables viajes (varios de ellos a Japón, país por el que sintió una especial atracción) y residencias prolongadas en diversos lugares (Nueva York, Berna, Santa Mónica o Tokyo).

Cuando Sam Francis se inicia en la pintura, el ambiente artístico norteamericano está ya centrado en torno a los grandes maestros del expresionismo abstracto. Con esta amplia corriente podemos relacionar el conjunto de su producción, más cercana a la pintura de acción de Pollock que a los campos de color de Rothko. En todo caso, su obra pone el acento en dos cuestiones fundamentales: de un lado, el color como eje fundamental de la expresión pictórica; de otro, la absoluta libertad del artista para llevar a cabo sus composiciones.

Tanta importancia le dio Sam Francis al color y sus formas que es frecuente relacionarlo con el tachismo, una de las tendencias del informalismo europeo que pone el acento en la elaboración de una obra abstracta fundamentada en gestos de carácter informal que acaban por crear manchas (taches, en francés) sobre la superficie del lienzo. Sin embargo, los tachistas europeos practicaron con frecuencia la monocromía y, aunque Francis no rehuyó esta posibilidad, sus pinturas, salpicadas eso sí de manchas y chorreones, suelen mostrar colores vibrantes.

En cualquier caso, la obra de Sam Francis (como la de los tachistas o la de Pollock) hace una apuesta rotunda por la espontaneidad, dando absoluta prioridad al sentimiento libre sobrela razón. Pero a Francis le gustaba explorar nuevas propuestas. Por ello en algunas de sus obras encontramos ecos evidentes del minimalismo. Menos es más, como dijo Mies.

Francis resultó inicialmente influido por la obra de los expresionistas abstractos como Mark Rothko, Arshile Gorky y Clyfford Still, la pintura americana de estos años resulta fascinante para cualquiera, como no lo iba a impresionar a él, enchido de energia y de pasión por el color, Sam Francis navega por estos derroteros sin límites. Pasó los años cincuenta en París, donde celebró su primera exposición en 1952 en la Galería Nida Dausset. Estando allí se relacionó con el tachismo.

Hasta 1949 sus cuadros estaban dominados por manchas de color en forma de células, usando el óleo aclarado o la pintura acrílica. Cuando Francis estuvo en París, sus obras eran, en general, totalmente monocromas. Pero sus cuadros de madurez sueñan  ser grandes óleos con zonas salpicadas de colores brillante. «El espacio es el color»,[1] afirmó Sam Francis, reconociendo así la preponderancia del color y sus manchas (taches) en su obra. Zonas de lienzo blanco se dejan a menudo para poder verse a través de ellas, y en obras posteriores, la pintura a veces queda confinada a los bordes del lienzo, como puede verse en sus «azules» (1967-1968), surgiendo en el centro del cuadro la «forma abierta» del blanco. En sus comienzos trabajo con manchas grandes de color y chorreados luminosos de pintura oscura. Su estilo se destaca especialmente por la sintesis que logra entre lo gestual, espontaneo y la abstraccion cromatica. Su pintura siempre ha revelado una sensibilidad oriental.

Cuando en  1950 viaja a Paris,  entra en contacto con Riopelle y B. Van Velde. Primero recibe la influencia de Monet en unas telas monocromas en grises, blancos y negros. Después el ejemplo de Matisse es decisivo para su entrada en el expresionismo abstracto , donde demuestra un manejo soberbio del color y un nuevo planteamiento del espacio.

A partir de 1957 viaja frecuentemente por Asia y reside alternativamente entre San Francisco, Japon y Paris. La importancia del vacio en la concepcion espacial del arte oriental se deja sentir en su obra, en la que sus manchas de color juegan con el blanco del soporte para definir el espacio, bien manteniendose en los bordes, bien formando una poderosa cuadricula, bien estallando desordenadamente.

Aunque es mas conocido por sus pinturas, Francis tambien destaco como grabador y escultor.

 

Francis regresó a California durante los años sesenta y continuó pintando en Los Ángeles. Se le considera uno de los exponentes de la pintura de acción estadounidense. Durante las últimas tres décadas de su carrera su estilo de grandes lienzos propios del expresionismo abstracto fue relacionándose más con la pintura de los campos de color. Se le conoce sobre todo por pinturas murales de gran tamaño. Ejemplo de ello es un tríptico mural para la Kunsthalle de Basilea (1956).

 

Ha trabajado otros materiales, como la arcilla o la cerámica. Además, ha utilizado la litografía y la monotipia. Realizó múltiples exposiciones, entre otras:

Se instaló en Santa Mónica, California, en 1963. Fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Berkeley (1969). Hizo una visita a Japón en 1973, regresando al año siguiente a California.

 

Cuadros de San Francis pueden verse en Nueva York, tanto en el MOMA como en el Guggenheim, así como en la Tate Gallery de Londres, el Centro Pompidou de París y la Kunstahaus de Zúrich.

Van Gindertael, R., «Francis» en Diccionario Larousse de la pintura, tomo I, Editorial Planeta-De Agostini, S.A., 1987.

La Fundación que lleva su nombre acaba de publicar el Catálogo Razonado de su obra, sin duda esta es una muy buena noticia, ya que nos permitira conocer en toda su dimensión la maravillosa obra de este gran amante del arte.

Camino Paredes

Joan Mitchell, la pasión por la pintura

JOAN MITCHELL O DESCUBRIR LA PINTURA.

No puedo resistirme, deseo iniciar este ELOGIO DE LA PINTURA con una referencia no por breve poco apasionada de una mujer esencial en la memoria reciente de la pintura sin tiempo ni fronteras: Joan Mitchell.

Pocos trabajos tan fascinantes, pocas experiencias tan apasionantes como las que esta mujer infinita nos dejo en el diario íntimo de su proyecto creativo. Descubrir a Joan Mitchell es descubrir el color, la pasión, la poesía y el amor por la vida y lo bello. Su obra es toda una experiencia de esencialidad. La emoción lo embriaga todo, porque a través de un código insospechado e insondable alcanzamos la culminación del aura. Mitchell logra explicarnos el milagro de la pintura.


El arte de Joan Mitchell (1925-1992) es inconfundible: abstractas composiciones expresionistas de gran formato; pinceladas decididas, rotundas y trazadas con pinceles variados. No obstante, el arte de Mitchell amerita un acercamiento más allá de lo meramente técnico. Su obra es, en última instancia, una seria tentativa por vincular arte y poesía a través de una postura estética comprometida con su propia expresividad.

Mitchell nació en Chicago, en los Estados Unidos, durante un periodo de notable prosperidad regional. Durante su juventud viajó a Europa y a México, antes de radicar definitivamente en Nueva York. La Gran Manzana atrajo a Mitchell por su dinamismo cultural y la oportunidad de impulsar su carrera como artista. Justo a inicios de la década de 1950, Mitchell conoció a Willem de Kooning y Franz Kline, experimentados pintores de gran renombre. Tras una serie de exitosas exposiciones individuales, Mitchell ya era una de las exponentes más destacadas del expresionismo abstracto, el movimiento artístico predominante en Europa y Estados Unidos durante aquellos años.

 

Posteriormente Mitchell se trasladaría a Francia. Sus trabajos en esta nación también consistieron en composiciones abstractas de grandes dimensiones. No obstante, también ensayó variaciones en ellas, por ejemplo, en lo que se refiere al manejo del color, las estructuras de las figuras y otros detalles similares. Las obras de Mitchell tienen la particularidad del uso de goteos decorativos, lo cual hace un grato contraste con sus firmes pinceladas.

 

Las pinturas de Mitchell, allende su abstracción rigurosa, están motivadas en sus ricas vivencias interiores, y plasmadas por medio de su sensibilidad por lo mágico, lo prodigioso del ser. Esto se explica por la formación que tuvo Mitchell en donde se relacionó con círculos de poetas y literatos de gran nivel. En uno de ellos, la pintora recibió una gran influencia creativa del poeta Dylan Thomas. Desde entonces y hasta el final de su trayectoria Mitchell trató de aprovechar el potencial de la abstracción pictórica para comunicar- poéticamente- ideas, instantes sublimes, emociones y recuerdos.

Camino Paredes