JULIAN ALDEN WEIR O LA PINTURA ARISTOCRÁTICA.

Julian Alden es uno de esos artistas cuya peculiar manera de plantear la pintura le otorgan un sello especial y diferenciado. Este americano vital y sensible trazará a lo largo de su prolongada vida un cuaderno de imágenes absolutamente imborrables.

Julian Alden Weir, hijo de Robert Weir, un instructor de dibujo en la Academia Militar de EE.UU. en West Point, y medio hermano de John Weir, primer director del programa de arte en la Universidad de Yale. Su aprendizaje tras los inicios familiares los realiza en la Academia Nacional de Diseño viajando posteriormente a París en 1873 para estudiar con el renombrado académico francés Jean-Léon Gérôme y más tarde en la École des Beaux-Arts.Esta etapa será consistente, ya que le permite conocer la pintura Europea, viajará a los Países Bajos y España, entre 1873 y 1877, recreará imágenes de Francia, para posteriormente Weir regresar a Nueva York tomando un estudio cerca de Washington Square, convirtiéndose en un pintor de éxito entre la acaudalada clientela que a partir de ese momento le respetará y encargará alguno de los retratos más admirados .

A partir de este momento Weir se convierte también en asesor de acaudalados coleccionistas, papel este nada desdeñable ya que su gusto y criterio seran definitivos a la hora de articularse alguna de las colecciones americanas más relevantes, incluyendo a Duncan Phillips.

Contrae matrimonio en 1883, adquiriendo una finca en Branchville, Connecticut, donde a partir de ese momento veraneará con regularidad. El paisaje de Connecticut penetra en el espíritu de Weir, quien utilizó lo que había absorbido desde el impresionismo francés para crear escenas poéticas, formado con sutiles tonos y la luz suave. Sus paisajes extensos y emotivos le permiten tener otros registros pictóricos que otorgan densidad y dimensión a su pintura.

A lo largo de estos años, Weir trabajará con materiales más rápidos, más inmediatos como la acuarela y pastel, buscando una mayor carga emocional, así como un mayor acercamiento a la naturaleza que ya forma parte de su universo expresivo. Pero su inquietud y el deseo de acercarse a todos, le hacen adentrarse también en la técnica del grabado, estudia con sumo interés el fascinante mundo de los grabados japoneses, lo que añade vertientes a su trabajo, sutilezas que van configurando el fascinante mundo plástico de este singular artista.

Weir muere en 1919 en Nueva York dejando un legado singular de pintura unida a la naturaleza, profundamente ligada a la visión eufórica de su gran país, siendo elemento esencial en la configuración de la imagen pictórica americana, poso sin el cual, difícilmente se explicaría la explosión creativa posterior a la Segunda Guerra Mundial.