A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “CINCO CLAVES DE LA PINTURA NAVARRA”: ELENA GOÑI.

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (III)
Elena Goñi, mirando de la ventana abierta
- Camino Paredes, experta en arte, ex directora general de Cultura y ex directora del Museo de Navarra, continúa su serie sobre el trabajo de los artistas navarros con Elena Goñi Goicoechea (Pamplona, 1968), un referente de la pintura en la Comunidad foral
- El de Elena Goñi es un realismo próximo y distante, del que surgen paisajes, pero sobre sobre todo personas
Martes, 27 de enero de 2009 – 04:00 h.
CONTEMPLÉ por primera vez la obra de Elena Goñi en la Sala del Polvorín de Ciudadela el año 2002, y me sobrecogió. Más tarde, en una reunión de amantes del arte, artistas y gentes de este pequeño universo, realizada en un estudio de creadores plásticos en nuestra a veces díscola ciudad, la escuché hablar de su trabajo.
Fue una sesión amena que destilaba cariño, todos estábamos admirados y fundidos con su trabajo, ella sin embargo, sufría al escuchar su voz flotando en el silencio agradecido pero tenso, de aquella sala en la que sólo se veía arropada por las familiares imágenes de sus obras que iban proyectándose en la pantalla. Después, he disfrutado de la calidad y naturalidad de esta mujer de cristal, cuya proximidad y sencillez me descubren sólo un retazo de lo que adivino.
Elena trabaja diariamente con la disciplina laboral de los horarios, mañana y tarde su universo espacial se ve afincado en la mágica atmósfera de su estudio. Desde uno de sus balcones descubro la fachada imponente de la Catedral de Pamplona, esa obra de Ventura Rodríguez que tanto tiene que ver con otro edificio amado por Elena, el Palacio de Anaya de Juan de Sagarbinaga, justo frente a la catedral de Salamanca, la ciudad en la que Elena estudió Bellas Artes y en la que como otros muchos, ha dejado una parte de su corazón (ambas hemos disfrutado y sentido el cegador esplendor artístico de las arquitecturas construidas con la piedra de Villamayor de esa ciudad del alma y del arte).
Tal vez por esto, por ese deambular entre creaciones, Elena posee un conocimiento y una cognición de la historia de la pintura, que le permite discurrir y pararse en aquellas obras que se han quedado perpetuadas en su memoria. “Hay personas que han desarrollado una memoria prodigiosa, capaces de describir al detalle lo sucedido un tiempo atrás sin trastocar ni imágenes, ni nombres, ni hechos. Estas personas son excelentes contadores de historias porque con semejante base de datos pueden permitirse el lujo de ir y venir de un acontecimiento a otro y tomar lo que les interese para crear una especie de tapiz con mil hilos de colores distintos. Para los que tenemos una memoria dudosa, los hilos de colores destiñen y nuestro tapiz acaba por no entenderse. A la hora de echar mano de los hilos de la memoria parece como si tuviéramos que ir a buscarlos a la China. La distancia se hace tan larga y el recuerdo del color tan débil que por el camino tenemos que fijarlo con los nuevos colores que encontramos. Y resulta que los hallazgos a veces son tan interesantes que valen más que el recuerdo primitivo. Al final, en el lugar del rojo aparece un violáceo con trasfondo naranja que vibra mucho más”.
Por eso en su retina y en las postales que se arrinconan en las paredes de su estudio están las imágenes de Antonello da Messina, Morandi, El Bosco, Leonardo, Vermeer, Van der Weyden, Paolo Ucello, Rubliov, Giovanni Bellini, Carrá, Memling o Fray Angélico. Pero en su recuerdo, en su aprendizaje y en su corazón, están las lecciones de Isabel Baquedano y Juan José Aquerreta. “A los dos les debo este vislumbre de lo invisible que, sin embargo, sólo se puede colar-o manifestar, digamos más propiamente- a través de lo real visible. Sólo a través de la carne se manifiesta el espíritu”.
Pero si Elena dialoga con todos ellos, lo cierto es que su trabajo hace gala de una espiritualidad conquistada, una maestría firme, una veracidad compleja y una magia difícil de encontrar. Elena Goñi atrapa con su trabajo, con su seguridad y firmeza, nos abre la ventana al silencio, a la soledad, siempre en ella acogedores y protectores.
Realismo
Estamos ante un realismo próximo y distante, simplificado y profundo, juego de cristales, encrucijada de emociones, de donde surgen paisajes, lugares próximos, pero especialmente personas, y todo lo vemos como de soslayo, quedamente, respetando el territorio de aquellos que viven en sus lienzos. Son motivos tan naturales que se presentan idealizados, en una legítima realidad. “Siento una necesidad de que mis criaturas pintadas sean seres concretos, más concretos que lo que lo son en su condición de individuos aislados. Que esa concreción les haya sido conferida por algo distinto de su naturaleza de unidades de especie. En el fondo, quiero que estas criaturas sean reconocibles”.
Reconocibles y asibles, las personas que habitan los cuadros de Elena Goñi son reales, están en su historia, junto a ella en el jardín, compartiendo una reunión de grupo, tienen nombre, no necesitan más, están identificadas en su cercanía, forman parte de su entorno familiar, son ella misma. “Pintar un retrato es algo muy difícil, pocos pintores lo hacen con éxito, porque no se trata sólo de reproducir los rasgos que hacen de esa persona alguien diferenciado, sino de – no sé cómo explicarlo- eso que, para no andar buscando otras maneras de decirlo, llamaremos la personalidad, aunque esté mal dicho, claro. Lo cierto es que si eso se consigue, resulta que el parecido no tiene ya tanta importancia. Eso lo han conseguido los flamencos, y lo bordan los italianos, me refiero a ese modo de dar por descontado el parecido para pasar a reflejar algo que es otra cosa.”
Italia es la cita aplazada, sin duda ese lugar al que hay que ir con calma, porque forma ya parte de ti, de tus imágenes, de la música de tus oídos. “Yo siempre encuentro en esa belleza italiana la alegría, y en esa alegría, más vida que arte”. Vida observada y disfrutada a través de las imágenes, también, cómo no, el cine. “La luz de la materia que brilla en las primitivas pinturas italianas, los contornos distintos, yo creo que perviven en el cine de Pasolini, de Antonioni, de los hermanos Taviani. Es como si estuvieran empapados de Piero, de Massaccio o de Masolino”. Y siempre recurrente, Fellini . “Es maravilloso cómo Fellini cuenta cosas sin necesidad alguna de argumento, en realidad sin justificación, cuenta y cuenta sin venir a cuento”. Con la cadencia que preside todo su lento laborar, Elena prepara ahora su próxima exposición, pacientemente va haciendo nacer nuevas obras, intensas y minuciosas, con el mismo anhelo de la espera que preside su vida, Elena se renueva, renace y brilla en este momento de plenitud, único y preciso, ella que habla de milagros y espiritualidad, está gestando una nueva ilusión, cuyo rostro reproducirá sin duda en los límites precisos de sus lienzos, con la satisfacción de lograr alcanzar la plenitud de lo que no posee medida, porque se pierde en su grandeza. Tañen las campanas de la catedral de Pamplona, mientras la luz se apodera del estudio de Elena Goñi, una luz homogénea sin contrastes, que emana tranquilidad y calidez, yo renuevo en mi memoria el choque intenso de la evocación de esa música contundente y la generosa simplicidad que las obras de Elena nos regalan, amor a la pintura, a la forma, al color, ¿acaso no estamos ante una utopia materializada desde el sigilo?

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN “CINCO CLAVES DE LA PINTURA NAVARRA”

Una cita, la exposición “Cinco claves de la pintura Navarra”, y a propósito de ella, vamos a ir circulando por los perfiles de cada uno de los artistas que la integran. Para hacerlo retomamos en este Blog, cinco textos aparecidos en DIARIO DE NAVARRA, en ellos, desde la visión de quien escribe, nos acercamos de una manera humana y personal a la peculiar manera de ver la pintura y entenderla de estos cinco pintores navarros: Javier Balda, Florencio Alonso, Koldo Sebastian, José Ignacio Agorreta y Elena Goñi.

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (V) CAMINO PAREDES
Javier Balda: las geometrías son metáforas
- La experta en arte y ex directora general de Cultura, Camino Paredes, prosigue su recorrido por los lugares de trabajo de los más destacados pintores navarros con Javier Balda (Pamplona, 1958), un artista de larga carrera afincado en San Sebastián
Miércoles, 8 de abril de 2009 – 04:00 h.

R EPRESENTAR la fugacidad del tiempo y de la vida, moverse en territorios de eliminación formal, transitar por superficies que admiten el mensaje perseguido a costa de superponer elementos que provocan nuestra emoción, lograr nuestra complicidad penetrando en laberintos en los que la perspectiva y la organización regulan la existencia, en definitiva, llegar a plantear un compendio de sensaciones y sentimientos a través de imágenes trabajadas, ordenadas, hace que artistas tan poliédricos como Javier Balda logren convencernos con su afanoso esfuerzo en este territorio sin fronteras que es el arte de este sinuoso siglo XXI.
Javier Balda siente la emoción de la creación, y va más allá, vive el estímulo del pálpito artístico, materializa proyectos integrales que le mantienen conectado al proceso y le permiten reflexionar sobre la conjetura del hecho creador en su conjunto, de ahí sus incursiones en el Comisariado de exposiciones, en el diseño, su voz teórica y reflexiva, su contacto permanente con lo visual, su nada desdeñable compromiso con la palabra, en definitiva, su abundante trabajo que permanece en un continuo evolucionar, en un progresivo estadio de interrogación de hacia qué rumbo debe seguir, en qué dirección puede planear.
Balda vive en muchas de sus facetas, la actividad artística, me consta su visión exhaustiva y crítica de lo que acontece, su interés va de los márgenes hasta el núcleo por él proyectado, en realidad, sus obras tienen un tinte metafórico, porque construyen pieza a pieza la síntesis de sus ideas, esas que con calma pero con visión analítica, superpone y expone en la conversación exigente de lo que esperamos y deseamos para la situación artística de nuestra Comunidad. Me llega su entusiasmo, me conmueve su sincero interés, me apena la conclusión aciaga de una realidad local nada alentadora. “Mantengo un sentido crítico con la práctica de arte en Pamplona y en Navarra.Hablo de la formación de los artistas, de las oportunidades, de la visibilidad más allá de la prensa en determinados momentos. Tengo la sensación constante de que hablar de arte aquí es hablar de un inexistente privilegio, apreciado en una consideración más antigua que contemporánea; de que es imposible que las instituciones quieran consolidar ofertas coherentes y continuadas relaciones entre arte y conocimiento hacia los ciudadanos; en los últimos años se han asentado algunos programas, el museo Oteiza, algunos festivales de cine, la oferta de teatro y música es alta, pero la sensación es demasiado voluntarista, con poca decisión programática y política, al menos en las artes visuales se necesita un impulso fundamental que evite una continuada endogamia y que siga considerándolas un complemento de ocio”. Me reconcilia su ánimo locuaz que vive la plenitud del entusiasmo por dar pasos adelante, al margen de circunstancias temporales y coyunturales.
Javier siente vívidamente la realidad plástica navarra, pese a vivir en San Sebastian, su actividad tiene dos cauces fijos de desarrollo. Pamplona es un pilar esencial en su vida, aquí ha nacido, trabaja continuadamente, aquí planean los recuerdos familiares, su primera incursión en la creación: “Mis inicios están ligados a mi padre, a verle pintar en casa, manejar pinturas y pinceles, dibujar, participar en concursos de carteles, visitar los domingos exposiciones y coincidir con sus amigos pintores: Lasterra, Ascunce, Beunza, ¡incluso Basiano en el Biscuter!…Desde muy joven buscaba mi sitio en ese mundo decantándome por imágenes menos convencionales., rechazaba lo convencional; verme inmerso de repente en los Encuentros de Pamplona, la rareza en plena calle, no sabiendo qué pasaba pero apreciando cada detalle de toda aquella propuesta contradictoria y radicalmente moderna, Valcárcel, Lugán, Crónica, Zaj, la recuperación de espacios en Pamplona, y el aprecio por los incipientes trabajos de Royo, Salaberri, Morrás, Osés, Azqueta, Bados, Anda.De la misma manera recuerdo los primeros encuentros con Pedro Manterola, al que – aunque no le guste- tanto debo de la visión y la recomendación de lecturas, de otra forma de apreciar, refutar y encontrar lugares esenciales en el arte”.
En San Sebastián
Frente a estas páginas de la memoria, San Sebastian brinda a Baldó el entusiasmo de lo novedoso, aquí instala su estudio “con otra ilusión, una ciudad nueva algo más cosmopolita, que tenía galerías, y el incipiente y magnífico proyecto de ARTELEKU que nos conectó y nos hizo compartir diferentes prácticas más abiertas. En realidad es en San Sebastian en donde empecé a plantear un trabajo más sistemático, más entregado, más agotador y con más ambición de oficio y también a exponer comercialmente. Fueron los años en que, quien más quien menos, pululamos en cursos y becas por Madrid, Bilbao, Berlín, París y otros en Nueva York”.
Javier trabaja en un amplio estudio, una nave industrial luminosa y diáfana, abrigada por las colinas que rodean San Sebastian, es un estancia que le acerca a otros oficios, otras naves y talleres que el brindan la rutina de la práctica laboral, los horarios de los oficios cuyos límites y ataduras parecen querer colisionar con el ritmo voluntario que él marca a su jornada: “Me gusta sentirme en ese ambiente de proceso industrial y producción laboral (no es snobismo), de manejo de materiales y de cercanía a quienes tienen trabajos de horario fijo y creación de su actividad. Entre mis conflictos siempre ha estado dotar de sentido a la actividad artística pero a la vez olvidar la parte intelectual y poder sentirlo sólo como oficio”. Su estudio es un lugar de invención, un espacio abierto a la creación, dilatado y silencioso, propio y personal, nítido y propiciador, en él, sin duda, Javier siente la libertad de practicar el trabajo como necesidad, siendo dueño del tiempo y de las pulsiones que su voluntad le dictan.
Veo el trabajo de Balda ligado a ese espacio, a ese laboratorio donde maneja el orden y el caos, la intimidad y su constante pulso social; su obra enfrentada al orden, a la arquitectura, destila compromiso, quizás es lo que más me planea cuando contemplo su trabajo, sus materializaciones van mucho más allá de la imagen, Javier ha llegado al momento actual, pagando el peaje de un notable conocimiento del arte del siglo XX Y XXI, surrealismo, informalismo europeo, Escuela de Nueva York, Warhol, Lichtenstein, Baselitz, Kiefer, Hockney, Anthony Caro, Judd, el arte conceptual de los 70, una amplia cultura estética que es referencia e inspiración, gracias al sabio manejo de su retina, voluntad y creatividad, Balda ha alcanzado un momento de sólida contundencia formal, de elegancia estética, sin carecer o desprenderse de los rasgos que han conformado su lenguaje, y le han convertido en un artista con espacio propio en el panorama de las artes plásticas actuales españolas. Sirvan de referencia su presencia continuada en ARCO y sus últimas exposiciones con sus galeristas Moisés Pérez de Albéniz, las galerias Altxerri y Bach Quatre, o su escueta pero firme representación en la exposición Silencios, 22 artistas navarros, realizada en la sala de Baluarte, y más recientemente, la exhibición de una obra invitada en el Centro Huarte de Arte Contemporáneo.
Esta última pieza, de gran formato, sintetiza las diversas líneas de trabajo de Balda, cuyo nexo común es el uso de fragmentos de estructuras y tramas diversas. Sus piezas han ganado firmeza, énfasis, juego volumétrico, primando la irregularidad perimetral sobre la superficie más plana, con la base del uso de colores básicos fríos, parco en su uso, contundentes en su resonancia. Las geometrías de Balda están en un continuo fluir, son sensibles al discurrir del tiempo, pasado y futuro, tal vez por ello, en sus trabajos encontramos su soledad, su emotivo interés, su eterno afán por involucrarse, su persistente pregunta de hacia dónde va su pintura y sus sistemas de representación, y por extensión y empatía, hacía dónde camina esa sociedad con la que pese a su sentimiento de retraimiento no deja de estar totalmente implicado. Sin duda, su sentido crítico es motor y estímulo para todos.