ALFONSO ASCUNCE

EL ARTISTA EN SU HÁBITAT (XII) CAMINO PAREDES

Ascunce, la metáfora del arte ecléctico

Camino Paredes, experta en arte y ex directora general de Cultura, recorre en esta serie los estudios y los lugares de trabajo de los principales artistas navarros. En esta ocasión se fija en Alfonso Ascunce Izuriaga (Pamplona, 1966)

 

Martes, 25 de mayo de 2010 – 04:00 h.

EL cuadro, ese punto fijo en el espacio, es nuestro lugar de partida. De modo misterioso, cada imagen asume la mirada con que la contempla. El cuadro, medida de una intención, reto y esplendor, el cuadro obsesión y afirmación, página en la que Alfonso Ascunce, en un laborar incansable, condensa su tímido ser, y se engrandece con la ejecución plenamente lograda.

Alfonso Ascunce, sintetiza en estos momentos, como pocos artistas, la materialización de una aspiración que ha germinado en este hombre dotado y sencillo, huidizo y discreto, poderoso y cálido, de vocación auténtica, que me consta, ha luchado en las dos últimas décadas por lograr sobre el soporte retador el desafío de la pintura y la creación en su vertiente más generosa.

Alfonso Ascunce ha vivido el arte desde su infancia, su curiosidad y el sentimiento del arte le han acompañado en todos estos años, tutelas como las de Isabel Baquedano o Juan José Aquerreta han ejercido una seducción estimulante pero no encubridora, amistades como las de Santiago García o Charo Fontalba, se mantienen en el tiempo, al igual que otras, aunque coincidamos en la percepción de que en el arte navarro en este momento, al margen de su buen tono :”No hay nada significativo que pueda definirlo de no ser su cierto autismo. Mi vinculación con los artistas navarros es de tanta cercanía como distancia aunque tenga amigos y me interese su trabajo. Me es imposible pensar en los artistas navarros como una realidad concreta, sí en individuos”.

Lateralidad, distancias de cristal, respeto e individualismo, no dejo de percibir estas constantes en el arte navarro, en la dispersión la unión, atomizados y sin embargo fusionados por la entrega y la buena práctica, más auténticos que nunca y a la vez, más desposeídos, trabajando con penetración a sabiendas de que un pertinaz obstáculo, el desinterés institucional, malogra y dificulta cualquier conato de trascender y sobrepasar fronteras bajo el impulso de un apoyo contundente: “En los últimos años se ha visto cómo han ido desapareciendo galerías y espacios expositivos y no sería descabellado el apoyo a la labor de los pocos que siguen trabajando por hacer exposiciones, por difundir el trabajo de los artistas, por poco espectacular que pueda resultar este trabajo. Se producen falsos debates que enmascaran verdaderas necesidades. Se tiene un miedo feroz a lo elemental, al propio ser humano, lo que lleva a cierta falta de pragmatismo y en todo caso a sustituir éste por lo simbólico. El Centro Huarte es un ejemplo. Centro de arte-réplica, clónico de otros tantos nacido de los excesos y la falta de reflexión, nacido muerto y a día de hoy insostenible y justificable tan sólo a base de cabriolas.El Museo de Oteiza es un patrimonio cultural importante, una joya, un regalo.”

Vida interior

Hay mucha vida interior en Alfonso Ascunce, en él los artificios y convencionalismos de la vida no en su superficie sino en su capa fina, impalpable, en nada menoscaban la profundidad interior que posee.El tiempo y el trabajo incesante, Alfonso trabaja todos los días, intensas horas en su estudio abigarrado de la Chantrea, en una continuidad feliz, en una mezcla intangible entre ocio y laboriosidad: “Mi vida, mi trabajo, la pintura.son una sola cosa, no es que las concilie o articule. Cada día me levanto por la mañana y me pregunto ¿qué toca?…planifico de un modo abierto, creo no ser nada rígido pero conozco bien mi tarea así que me permito mis lujos, aparcar toda prisa, aunque a veces la necesidad de resolver se imponga. Dedico mucho tiempo a poner orden, a preparar el momento de la acción. Con la pintura pienso mucho, quizás demasiado y cuando entra la acción, lo hago intentando olvidar todo lo pensado”. Como digo, el tiempo y el continuo trabajo, nos lo acercan en el vigor perfecto de la vida, haciéndonos sentir, a los que le conocemos desde hace mucho tiempo, que todavía pese a la magnitud de las flores que nos ha dado, todavía no nos ha dado todas las flores y el próximo trabajo de sus dedos nunca ociosos será hurtándonos una a una las flores más espectaculares de una pintura firme, plena y estimulante.

Ascunce, propietario de ese jardín que embriaga con sus formas y colores sus cuadros permanentes, ese jardín que parece habitar de continuo, visitándolo una y otra vez, en el que probablemente contempla hondamente su progenie vegetal con un amor que no podrá compartir ni concebir quien no participe en el proceso de creación del mismo, a veces.

Sus obras parecen concebidas en series, como si un impulso narrativo determinase que el diálogo no puede interrumpirse, porque todo es un proceso de afirmación vital, un retrato prolongado de una forma de encarar la vida, siempre con la mirada al frente en una aventura interminable y prolongada que configura la vida: “El centro de mi trabajo es la pintura y dentro de ésta, trabajo en cosas distintas, con distintas velocidades. El pulso es protagonista en casi todo lo que hago. Imagino una pintura limpia, animal. Las obras son una proyección de uno mismo así que no me queda más remedio que intentar ser mejor y útil como persona.

No repito lo que ya he hecho, no se trata de producir, de convertirse en una fábrica. Mi trabajo me sirve para posicionarme en el mundo como persona, no como artista, aunque esto sea finalmente una profesión.”

Y es que la obra de Alfonso Ascunce consiste en hablar de cosas silenciosas, cuyo aliento de flor delicada nunca nos hubiera podido llegar sin la exaltada pasión que él consigue reflejar. Porque lentamente consigue pasar de las exterioridades al núcleo.

Pocos artistas tan valientes, tan frescos y plenos, su momento es tremendamente vivo, al igual que su pintura, orgánica, incesante, cuyos motivos lo inundan todo, cargados de la vitalidad que Ascunce alberga, la que le hace encarar el oficio y la vida con un movimiento ininterrumpido, íntimo, preciso y pródigo. Es por eso que viendo el trabajo de Alfonso siento como donde el arte entra en movimiento, en tensión y en realización acertada, allí donde tiene presencia, ni siquiera lo inerte desaparece por completo. Con el arte, con su misterio, con su poder, ni se marchitan los sueños ni se descomponen los deseos, sólo se alcanzan momentos de excelencia visual, gratos momentos de placer estético como los que Ascunce nos ofrece.