Koldo Sebastián, entre la filosofía y el disfrute

El pintor posa junto a "Physis"

“Uno empieza a dedicarse a la pintura cuando adquiere un compromiso con ella. Cuando está dispuesto a devolverle algo que esté a la altura de los beneficios que le reporta”. Así concibe Koldo Sebastián (Pamplona, 1961) su relación con el pincel. A pesar de que no se dedica a ella de manera exclusiva -la docencia ocupa el resto de su vida profesional-, la pintura es una actividad que, según cuenta, le ayuda a  construirse a sí mismo tanto como a la propia obra. Para ello, filosofía, matemática y arte se dan la mano en obras como Physis (1999), que forma parte de la muestra Pintura y Universidad que actualmente se ofrece en las paredes del Gustavo de Maeztu.

Marta Vidán 

Al tratarse de ideas, de  conceptos filosóficos, el pamplonés trabaja siempre en serie. Desarrolla los pensamientos en trabajos que forman un mismo conjunto a través del cual van tomando forma. Physis, en concreto, es un eslabón entre dos series: una homónima y Calignometrías (2002-2011), cuya etimología encierra el concepto “curiosidad”. Representa la lucha entre el caos y la armonía. Entre la naturaleza y el orden. Por ello se compone de formas que se intentan “encerrar” en un cuadrado. “Tengo un pensamiento presocrático -explica- que contempla el conflicto entre el caos y el orden, una relación dual”.

El tamaño de cada lienzo del conjunto, además, lo escoge en función de las exigencias de cada idea. “Adapto a una escala lo que quiero contar”, aclara de las series, que son “como matrioscas”, donde el pensamiento se va concretando y disgregando. Cuenta que pintar es para él como un mantra. Un ejercicio que le ayuda a poner en marcha su funcionamiento mental. “Así, mis emociones discurren del modo que más me gusta –añade. Sin ello, yo sería distinto y carecería de muchas de las cosas que me afloran cuando trabajo”. Es por esto que declara que pinta para construirse a sí mismo.

 

Imagen de "Calignometrías"

 

La importancia de la diversión

Pero para Koldo Sebastián no sólo se trata de conocimiento y evolución personal: disfrutar es uno de los materiales imprescindibles en sus obras. “Si no me lo pasara bien, no pintaría –confiesa-. La sensación de pintar me gusta tanto como acariciar a mi mujer”. Por otro lado, es consciente de que el proceso de construcción, en sentido literal y figurado, es inherente a su forma de trabajar y a su propia óptica, y de que su infancia ha estado impregnada de él. Recuerda los edificios en obras de su barrio de Pamplona, la Rochapea. Y cómo su madre lo entretenía pidiéndole que diseñara las cenefas para sus tejidos, actividad que él asocia también con la abstracción.

Respecto al presente, Koldo Sebastián tiene algo claro: está en un momento de introspección. Tras diez años intensos y fructíferos trabajando en Calignometrías, le ha llegado el momento de mirar hacia dentro. Para su autoconocimiento tiene una técnica muy simple: el orden. “Somos permeables, por lo que un contexto de orden externo nos ordena a nosotros mismos”, declara. La relevancia de mirar hacia uno mismo la achaca a que madurar se compone de educación y experiencia. Así, a lo largo de los años ha sido capaz de llegar a la conclusión de que la verdadera relación profunda con el arte se alcanza cuando, ante un cuadro, uno es capaz de hacerse tres preguntas: qué ve, qué siente y qué interpreta.

Joaquín Ilundáin, un toque de varita mágica

El pintor navarro, que expone su obra Claustro en el Museo Gustavo de Maeztu, relata sus inquietudes, su concepto “mágico” del artista, su trayectoria, y lo que todavía le queda por hacer.

Marta Vidán

 

Opina que del pintor tiene que hablar su obra. Pero aun así, tiene mucho que contar. Por ejemplo, que las primeras y las últimas luces del día son sus preferidas. “Para las seis y media de la mañana muchas veces planto el caballete”, cuenta. Confiesa también que siente debilidad por Juana la Loca. El pintor Joaquín Ilundáin Solano nació en Pamplona y ahora reside en Arbeiza, pero su carrera ha transcurrido en distintos puntos del mapa, dentro y fuera de España. Todo comenzó cuando siendo niño dos tubos de pintura cayeron en sus
manos.

Actualmente su cuadro Claustro abre la exposición Pintura y universidad. La muestra se ofrece en el Gustavo de Maeztu desde el pasado 6 de julio y permanecerá en Estella hasta el 30 de septiembre, momento en que viajará a la Fundación María Forcada de Tudela. Posteriormente- entre el 27 de noviembre y el 10 de febrero- podrá visitarse en el Museo de Navarra de Pamplona.

“Con 12 ó 13 años me regalaron dos tubos de pintura, uno rojo y uno azul. Así empecé a pintar. Pensé entonces que con más tubos podría hacer más cosas”, relata. Ilundáin también guarda en la memoria la primera exposición que vio, hacia los 14 años, una del tudelano César Muñoz Sola (1921-2000). En este momento se recuerda rebelde y seguro de sí mismo. “Creía que con pocas clases había aprendido, no me gustaba lo académico”, explica. Así que aprendió fuera de las aulas, con pintores ya consagrados a los que conoció siendo adolescente. Años más tarde, hacia los 18, decidió hacer una mochila con lo necesario, agarrar su caballete y recorrer Extremadura y Castilla y León, en sus palabras, como “un solitario”. Pudo hacerlo gracias a una beca del Gobierno foral.

Esta salida tiene que ver con que la idea de descubrir un nuevo entorno es una de las cosas que más le emocionan. Y esta tierra ha seguido moviendo sus pinceles a lo largo de los años. De hecho, hace diez descubrió Tordesillas (Valladolid) y últimamente ha pasado alrededor de cinco meses trabajando en Toro (Zamora). El carácter histórico de estas localidades es uno de los aspectos que le atraen, pues la historia es una de las grandes aficiones de Ilundáin y casi su única lectura, donde Juana la Loca, la figura a la que más cariño tiene, suele ser protagonista.

 

 

 

Una sensibilidad superior

La música es otra de sus pasiones. Las composiciones de los siglos XV y XVI suenan en su casa de Arbeiza, donde reside desde 1993. Pero el silencio es algo a lo que el pintor da mucho valor. “Hay que defender la paz”, sentencia, ya que tranquilidad y asombro son dos cosas que le resultan imprescindibles para plantarse frente al lienzo. “Tengo que pintar contento, alegre, con sorpresa”. Por ello relata que la cosa más nimia que posea belleza puede inspirarle. “Me conformo con poco –matiza-. Para mí la felicidad ya no son regalos grandes, sino pequeñas cosas, como ver una luz de atardecer sobre unas flores”.

Ilundáin achaca esta capacidad de admiración al propio carácter del artista. “Lo que nos diferencia es una sensibilidad superior, como si fuera un toque de varita mágica”. Así que si no hubiera conocido a aquellos pintores y se hubiera cruzado, por ejemplo, con músicos, cree que se habría decantado por esa disciplina. Que otra rama artística habría llamado su atención. “Si alguien me hubiera regalado un piano en vez de dos tubos de pintura, tal vez hoy sería concertista”, explica.

 

“El paraíso de la libertad”

Después de su recorrido por Castilla viajó a París con 19 años, gracias a unos amigos en común con el director de la casa Balenciaga que le prestaron un apartamento situado en la avenida George V. Luego le llegó el momento de hacer la mili, tras lo cual, cuando rondaba los 23, conoció la isla que él define como “una finca privada grande de Extremadura” o como “el paraíso de la libertad”: Ibiza.

“Me fui para quince días y estuve yendo y viniendo durante veintiséis años”, comenta. De la isla balear recuerda con cariño la luz y la “gente universal”. También el estilo, el buen gusto de las personas de las que se rodeó, con las que disfrutó de un “sentimiento de colectividad”. Para el pintor se trató de una época fascinante de su vida, representada por tres colores: el verde, el azul y el blanco (este último en relación a la pureza).

Pero durante ese tiempo Ilundáin no sólo estuvo entre Ibiza y Navarra. En 1975 Hamburgo fue su destino, y entre febrero y junio de 1976 residió en Venecia. Dos años después puso un pie en Morentin y se estableció allí en 1980, cuando volvió a la Comunidad foral definitivamente, movido por el sentimiento que la tierra de su familia materna le encendía. Desde 1993 reside en Arbeiza en una calle que lleva su nombre.

Joaquín Ilundáin ha perdido la cuenta de los cuadros que ha pintado a lo largo de todos estos años. Sabe a ciencia cierta, sin embargo, dónde fue a parar cada obra, cuándo y dónde la hizo, en qué situación se encontraba él… Sabe también que a día de hoy sigue disfrutando de los efectos de las primeras y las últimas luces, de la música, las buenas conversaciones y el silencio. Que, a pesar de haber recorrido tanto, aún hay lugares que le quedan por interpretar, como Galicia. Y que todavía le queda por hacer una gran obra. Una que plasme, como él explica, “lo que todavía queda de hermoso en la Península”.